Más ágil, más sabio y más risueño

 —¡Muy bien! —dijo el Rey Belisario—. Y ahora, no puedo dejarte ir sin mi bendición. Ejem, ejem… —Se aclaró la garganta, se acomodó los pliegues de la capa, tomó el cetro y lo alzó en un gesto exagerado, que Leibniz imitó entusiasmado—. Honorable y valiente secretario de la Real Caballería, partís ahora en una misión…

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