Hoy es seis de agosto y se cumplen setenta años exactos desde que la primera bomba atómica utilizada en una guerra cayó, por orden del gobierno de los Estados Unidos, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Dos días después ocurriría lo mismo en Nagasaki. Este doble bombardeo de poblaciones civiles fue la única utilización de armamento nuclear en una guerra, la única ocasión en que un país empleó armas de destrucción masiva.

A siete décadas del horror, y en tiempos en que los Estados Unidos miran con desconfianza a otros países de los que creen que podrían hacer lo mismo, la mirada sobre aquel genocidio por parte de los propios norteamericanos es pasmosamente ingenua. La idea hegemónica es que el uso de la bomba atómica estuvo justificado porque sirvió para poner fin a la guerra, y que los cientos de miles de inocentes que murieron en Japón fueron el precio de evitar más muertes, acaso millones de muertes durante los años siguientes.

Es una lectura inexacta, desalmada, inmoral y peligrosa. Pero es la lectura que ganó. Dudo que el aniversario redondo sea la ocasión en que esto empiece a revisarse. Por lo pronto, dos artículos sobre el tema (en inglés) que valen mucho la pena:

The “sanitized narrative” of Hiroshima’s atomic bombing (BBC) – “As Jamal Maddox put it to me so well, how was it that the country that entered the war to save civilisation ended it by slaughtering hundreds of thousands of civilians?”

The indefensible Hiroshima revisionism that haunts America to this day (Slate) – “[W]hen it comes to the brute exercise of power, true patriotism has above all meant never having to say you’re sorry.”

 

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