Déjame entrar
(Låt den rätte komma in/Let me in)

Låt den rätte komma in

País:
Suecia

Año: 2008

Director: Tomas Alfredson

Protagonistas: Kåre Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar

Let me in

País:
USA

Año: 2010

Director: Matt Reeves

Protagonistas: Kodi Smit-McPhee, Chloë Moretz, Richard Jenkins

En una línea: Dos versiones de nuestro miedo.

 

El vampiro en la puerta

La fascinación que sentimos por los vampiros es uno de esos hechos obvios de la vida, que ni siquiera hace falta señalar. Entre todas las historias de terror que atrapan nuestra imaginación, las de vampiros ocupan tal vez el lugar más distinguido. Imposible resistirse a la atracción de esos seres dotados de una extraña dualidad, pálidos y fríos, de paso silencioso, etéreos e invisibles a los espejos, pero al mismo tiempo  arrastrados al impulso violento y animal del hambre, a cazarnos para satisfacer su necesidad de sangre.

Aunque el mito viene de antiguo (los griegos temían a las lamias, temibles mujeres monstruo recuperadas en la modernidad por Tim Powers y otros), en los últimos dos siglos les hemos dado el atributo de la nobleza, primero y principalmente gracias a Bram Stoker, que cristalizó en Drácula la parábola del conde sanguinario y malhadado, y luego gracias a las interpretaciones de Bela Lugosi y Christopher Lee, quien aún hoy debe de andar levantando minas gracias a aquellas viejas cintas. Una anécdota por acá, una línea de diálogo de la película original por allá, palo y a la bolsa. O al menos eso me gusta imaginar. Sería lo justo.

Nada más cool, en efecto, que un vampiro, y nada más terrorífico. Esto a pesar de que, de Stoker (inclusive) a esta parte, el poder real de los vampiros ha sido seriamente recortado. Si uno lo piensa bien, los vampiros post-Drácula suelen compartir una serie de limitaciones más bien ridículas, que reducen considerablemente la amenaza que representan. Primero, no pueden siquiera viajar sin llevar consigo una caja de tierra maldita de su país natal. Segundo, para zafar de ellos alcanza con colgarse una ristra de ajo (porque no lo toleran) y un crucifijo (porque su poder demoníaco no aniquila al de Dios), con irse en barco a alguna parte (porque no pueden pasar sobre el agua) o limitarse a salir de día (porque sólo de noche tienen poder); si todo eso falla, basta (y parece mentira, pero así es) con quedarse en casa y negarles la entrada.

En efecto: por alguna razón que quien esto escribe no llega a comprender, si Drácula golpea a la puerta de un desprevenido y éste le abre creyendo que es, pongamos, un vecino, nada puede hacer a menos que el dueño de casa lo invite a pasar. En su novela seminal, el autor irlandés recurre a varios subterfugios para sortear esta seria limitante y hacer que los encuentros con el Conde sean verdaderamente tensos, como apelar a la estupidez de sirvientas de buen beber (una lo deja pasar, otra se roba un crucifijo) o llevar a los protagonistas a la propia casa del vampiro.

La desproporción entre el prestigio del monstruo y sus capacidades reales es, en efecto, muy llamativa. El poder del vampiro es más bien psicológico: reside en su facultad de seducción, en que mujeres y hombres le pidan que pase y le entreguen el cuello, lo que sucede con alarmante frecuencia. Sin eso, Drácula y todos los de su clase están en clara desventaja, con una libertad de movimientos acotada en tiempo y espacio y una serie de puntos débiles muy fáciles de explotar.

Por eso, y porque la contracara del poder del vampiro es su condición de criatura sufriente y condenada (con frecuencia el hambre es una tortura perpetua, por ejemplo), las versiones actuales del mito vampírico tienden a alejarse de la figura del noble rumano (aunque ha habido un Gary Oldman, un genial Richard Roxburgh en Van Helsing) y a presentarnos personajes atormentados, escurridizos, que se las arreglan para vivir en sociedad pero manteniéndose siempre al margen, y albergan, generalmente, un comprensible rencor hacia la especie humana, de la cual quizá alguna vez formaron parte. Pero ni siquiera son, muchas veces, nuestros enemigos, aunque siempre hay que andar con cuidado cuando están cerca: por lo pronto, necesitan comer.

Entre el blanco y el naranja

En esta reciente tradición se inscribe Låt den rätte komma in (en inglés, Let the right one in), una película sueca del año 2008 que dirigió Tomas Alfredson y que tuvo su remake norteamericana dos años después, de la mano (poco inspirada) de Matt Reeves: Let me in, o, en castellano, Déjame entrar. El título refiere a aquella limitación que mencionábamos arriba: a un vampiro se lo debe autorizar explícitamente a cruzar el umbral, de lo contrario se quedará ahí parado sin moverse, so pena de sufrir espantosas consecuencias.

¿De qué trata la película? Es pero probablemente no "una de terror". Oskar es un chico de doce años que vive en un pueblo nevado cerca de Estocolmo. Eli es una chica (¿una chica?) que acaba de mudarse junto con su padre (¿su padre?) al departamento contiguo. Con ellos llega, de inmediato, el horror: un hombre es asesinado en medio de la noche, en el hielo silencioso, y despojado de su sangre. Es la primera víctima; habrá otras. Oskar, que vive con su madre y no acierta a contarle que los bullies de la escuela le hacen la vida imposible, fantasea con tomar venganza: llega a comprar una navaja con la que planea, tal vez, defenderse o devolver los ataques. En una de sus simulaciones de revancha, en la nieve, frente al edificio donde vive, sin adultos a la vista, tiene lugar su primer encuentro con Eli.

El filme examina la relación entre ambos chicos, desde los primeros incómodos momentos hasta el clímax final. Por supuesto, Eli no es precisamente una niña, sino una vampira (tal vez, incluso, un vampiro), y ha tenido doce años "por un largo tiempo". Ambos tienen cosas que callar, pero también cosas que decirse. Se irán haciendo amigos a medida que el hambre insaciable de Eli se cobra víctimas (es su "padre" quien se encarga de recolectar la sangre para saciar su apetito, pero ella deberá tomar la posta a partir de cierto punto); deberán, al final, separarse. Como todo vampiro, Eli está destinada a ser acorralada y perseguida. Su presencia es un agujero sangriento en el tejido de la comunidad. Oskar, que no se halla bien acomodado en ese tejido, está, tal vez, predestinado a ser el único en quien ella pueda confiar cuando los adultos falten.

La película es... blanca. La nieve y el hielo son protagonistas centrales de la historia y hasta el cuerpo enjunto de Oskar, su pelo de un rubio clarísimo, forman parte de la misma paleta de color. El paisaje exterior y el interior del departamento que ocupa Eli son igualmente despojados, vacíos; el aislamiento también opera a otro nivel, social digamos, ya que a la imposibilidad de un diálogo regenerador entre los chicos y sus tutores (con lo que Oskar queda solo ante los bullies, al menos hasta que llega Eli) se suma la recepción amortiguada de las noticias de las sangrientas muertes que se van produciendo en el pueblo.

Claramente, la original sueca es la mejor película. A su turno, Reeves hizo una recreación casi toma por toma, con pocos cambios, la mayor parte desafortunados. Todo lo que en la cinta nórdica era ambiguo y sutil está enfatizado en el filme yanqui, algo que no debe sorprender teniendo en cuenta que se trata de una producción de Hollywood. En Let the right one in la falta de una reacción fuerte de la comunidad ante los crímenes es un elemento a considerar: no aparece mucho la policía y es un ciudadano de a pie, un amigo de una víctima de Eli, quien la identifica y la cerca, obligándola a partir. En la versión norteamericana, lo primero que se ve en pantalla son unos patrulleros atravesando una carretera helada, y un policía que no está en el film sueco se convierte en uno de los protagonistas. A cambio, se suprime la subtrama que implica al grupo de amigos que integran la mencionada víctima y su malogrado vengador.

Una de las cosas que la adaptación norteamericana no comparte con la sueca es la paleta cromática. La pieza de Reeves se mueve entre el azul y el anaranjado, igual que el 90% de las películas hollywoodenses de la última década. Y la verdad es que el blanco se extraña en una historia que transcurre en la nieve. La nieve, blanca en un caso, se vuelve anaranjada en el otro: teñida, por así decirlo, de un calor de hogar, absolutamente extraño a la atmósfera del filme. De ahí que incomode ver a los chicos encontrándose por primera vez en la noche abierta y que la escena recuerde más a The family man que a Låt den rätte komma in.

También las actuaciones divergen. Chloë Moretz (Abby) es a la vez más dura y más tierna que Lina Leandersson (Eli), precisamente porque la película no encuentra el matriz preciso de su carácter. Es como si se tratara de dos personajes y, de hecho, Abby cambia físicamente cuando ataca a un humano para devorar su sangre: los ojos amarillos, el rostro contraído como de animal, los efectos especiales que ya conocemos de tantas pelis pochocleras. Leandersson actúa siempre igual y esto encaja perfectamente en el personaje que interpreta: la Eli que se alimenta de una mujer indefensa que caminaba por la calle es la misma Eli que acepta ser novia de Oskar y la misma que toma la vida de su "padre" cuando éste está entregado al fracaso y el fin. Por cierto, no aparece en Let me in la escena más perturbadora de la original, una brevísima toma del cuerpo desnudo de Eli que muestra la marca de la castración. Muy fuerte para Hollywood, imagino.

No te des vuelta

En el fondo, lo que se juega en ambas películas (e, imagino, en el libro que les sirve de base) no es meramente el miedo al vampiro: está también el doble miedo a y por los niños. En el mundo de Déjame entrar, los niños no son vehículos de inocencia, sino de desesperación y crueldad. Eli/Abby y su necesidad de matar para alimentarse, los bullies capaces de herir y asesinar por diversión, el propio Oskar/Owen guardando secretos y planificando venganzas: hay un mundo oscuro y violento a espaldas de los mayores, un mundo que despierta en cuanto uno se da vuelta y deja a su hijo solo en su cuarto mirando a la ventana.

Låt den rätte komma in es una adición bienvenida al universo de las "películas de vampiros". Se aleja tanto del mito de Drácula como de la versión edulcorada de la saga Twilight y de la interpretación sexy/rough de la serie True blood. Abandona también el aspecto "aventurero" de cintas como Van Helsing y Underworld y ofrece una visión descorazonada, pero auténtica (¿puede ser auténtica una película de vampiros?), del mito que, desde hace siglos, nos tiene fascinados.

Sebastián Lalaurette