Uno a uno

Ariel Magnus, Lucía Puenzo, Maximiliano Tomas, Félix Bruzzone, Sonia Budassi, Diego Máteryn, Nicolás Mavrakis, Cecilia Boullosa, Hernán Casciari, María Fasce, Hernán Vanoli, Julia Coria, Leonardo Oyola, Mariana Enríquez, Joaquín Linne, Pablo Toledo, Sebastián Martínez Daniell, Ana Cecchi y Wáshington Cucurto

La primera vez que me sentí perseguido por una chica yo tenía catorce años y era bastante pelotudo. También estaba vestido de boy scout, con el pantalón corto y el cinturón con la hebilla brillante y dorada y el pañuelo amarillo con franjas grises y anaranjadas y las medias con bocacaña y el pelo rubio y los ojos azules. Corría 1989 y esta chica, Marta, se aferraba a mí con una pasión abiertamente sexual: me sacaba a bailar y yo no sabía bailar y entonces me resistía; me abrazaba y me increpaba con la mirada ante mi falta de respuesta, pero mi timidez me impedía hacer lo que tanto había fantaseado con hacer (besarla, en ese tiempo ni me planteaba otras cosas). Finalmente la dejé escapar con un leve horror y bastante vergüenza: cuando los otros se enteraron de que no la había besado fui, una vez más, el blanco de burlas no demasiado crueles.

Lo que quiero decir con esto es que no solamente Marta me perseguía. En esos embates incansables, en ese pelo largo y negro que se obstinaba en abrazar mi cuello, en esas tetas adolescentes que se apretaban contra mi pecho, en esa actitud belicosa que me reclamaba como objeto, lo que me perseguía eran los noventa, y yo, aterrado y fascinado a la vez, huía de ellos como si algo así fuera posible. Dos años después escribí mi primer poema. Se titulaba Poema inocente, lo que era indudablemente una autocrìtica por mi propia pacatería al declarar mi amor en esas breves líneas ("¿Para qué me pedís estrellas?/ Yo te traigo una flor...", etc.), y se lo escribí a una compañera de curso que me gustaba y a la que en algún momento le gusté pero, como ustedes comprenderán, lo pelotudo me duraba todavía.

Los noventa me produjeron un movimiento de fuga que en realidad nunca cesó, pero también me metí de lleno en quien sería lo que ahora soy: empecé a escribir poesía, como dije, y también a escuchar música, aunque música de treinta años antes. Mi primer trabajo fue como pasante al final de la secundaria; después me contrataron y renuncié para dedicarme a la universidad. Fue un error, claro: ahí se inició una larga etapa de desempleo con su inevitable carga de frustración. Pero estudiar periodismo durante el apogeo del menemato, enamorarme perdidamente de chicas con piernas súbitas y poemas dolorosos, volcarme yo mismo en descripciones de mi propia soledad y angustia, dieron el verdadero tono de la década, mucho más que factores socioeconómicos como la fiebre consumista que parecía atacar a todos menos a nosotros (mis viejos, docentes de escuelas públicas, no gozaron de demasiados beneficios en ese sentido) e incluso la demorada compra de la computadora que quería desde los nueve años y llegó a los diecinueve (gracias por siempre, pá).

¿Qué decir entonces de Uno a uno, una antología íntegramente dedicada a contar los noventa? Nada más que esto: esperaba la aparición del volumen con la ansiedad de un chico, quería ver cuánto de mí iba a aparecer en la escritura de otros que vivieron acaso lo mismo que yo o acaso viveron algo completamente diferente. Encaré, no ya la lectura, sino incluso la posibilidad de la lectura, como se encaran un espejo, una Polaroid, un viejo video casero o un psicólogo. Descubrirme ahí sería advertir rasgos del adolescente que fui, de mis arrebatos de ilusión o de mis frustraciones o de mi neurosis o de mi sexualidad desplegada, pero también de mi propia escritura: nada como encontrar en el relato de otro palabras comunes para experiencias que se adivinan en parte comunes, una catarsis por interpósita persona.

Sin embargo, todo esto corre paralelamente a la posibilidad de una lectura crítica razonable, quiero decir, no los voy a atiborrar con una marea de autorreferencia acaso intransferible. No leo Uno a uno como una clave de mi vida sino como un libro de cuentos, y, después de todo, no puedo decir que haya encontrado en ellos esto que pensaba encontrar, excepto por un par. Así que lo que sigue es una lectura de los diecinueve relatos de diecinueve autores que, como yo, vivieron los noventa en la Argentina.

Diecinueve autores, diecinueve cuentos, significa entonces diecinueve reseñas. Son las que siguen:

Con las mejores, por Ariel Magnus. Todos sabemos que cuando un chiste se reitera innecesariamente pierde la gracia. Es el problema fundamental de este cuento narrado sin demasiado oficio que se sostiene en base a un contraste que dura lo que tiene que durar y después ya no da para más; es decir, funciona hasta el final de la cuarta página (justo cuando la broma se explicita innecesariamente) y a partir de ahí todo es una mera grosería, un mero énfasis: una vuelta sobre lo mismo que cansa progresivamente. La idea (un hijo que aprovecha el fracaso del padre, a merced de la fuerza centrífuga de la máquina económica, para vencerlo en una proeza freudiana y devolverle invertido cada revés de su infancia) es ingeniosa y daba para más.

Al playroom hay que allanarlo, por Lucía Puenzo. Quien haya visto XXY está en condiciones de prever lo que puede encontrarse en una historia de Puenzo: una sobreactuación de ciertas ideas gruesas, una elevación de rasgos típicos al nivel del melodrama con un paralelo ahogo de toda filigrana conceptual o de carácter. Ya desde el título, este relato anuncia su propia fruición autodestructiva. Es como si la autora hubiera agarrado un Cheever original y hubiera sacado fotocopia de fotocopia de fotocopia de fotocopia de fotocopia, para después echar agua sobre el resultado borroso y calcar lo que quedara de todo ello. Aquí nadie, desde la primera letra hasta el  punto final, tiene el menor atisbo de libertad. Una lástima.

La sonrisa de la Gioconda, por Maximiliano Tomas. Silencio, secreto, sonrisa: a estas palabras las liga mucho más que la inicial o el ritmo silábico. Tomas anuda estos tres conceptos de varias maneras en una narración muy pegada a un episodio bien conocido ocurrido hace diez años. Otro concepto surca todo el relato: equilibrio. El equilibrio ambiguo, inquietante, en el rostro de la Mona Lisa (sonrisa, secreto, silencio), el equilibrio requerido por el ejercicio del poder (silencio, sonrisa, secreto), el equilibrio que al sucesor le impone su ambición (secreto, silencio, sonrisa), el equilibrio sacrificial de la esposa que debe compartirlo (sonrisa, silencio, secreto). Atravesadas por la necesidad del poder, la belleza inmemorial de un cuadro, las formas de sumisión en el sexo o la conservación de un matrimonio aparecen coloreadas por la misma paleta antigua, apagada. Una buena apuesta que flojea en algunas descripciones excesivas o en la inverosimilitud de cierto lenguaje postal, pero sobrevive dignamente.

Sueño con medusas, por Félix Bruzzone. Seguramente uno de los mejores cuentos de la antología. La narración de Bruzzone se centra en un tema a la vez fuerte y gastado (los desaparecidos y sus hijos) y es, entonces, una apuesta incierta: demasiado fácil caer en lugares comunes. El autor, él mismo hijo de desaparecidos, la sortea con una especie de humor triste: retrata cierto absurdo de la militancia (en la agrupación HIJOS, en este caso) sin caer en la caricatura, sin negarles a sus personajes la posibilidad de explicarse a sí mismos; rehúsa definir el estado de ánimo del protagonista por esa sola circunstancia y da cuenta del contexto de pauperización social en que se entrecruzan su deuda interna y su historia de amor; nos hace sentir lo terrible de una traición que a alguien sin padres le promete un hijo y luego le arranca brutalmente esa oferta; y concluye con una ensoñación tierna, esperanzada, imposible, de final de película lacrimosa pero de las buenas.

Nada para hacer, por Sonia Budassi. Una narración que se adivina autobiográfica y que se beneficiaría de un buen trabajo con la puntuación (Budassi usa la coma para todo, generalmente mal). En las primeras páginas del cuento nos encontramos con esta declaración de principios que define a la protagonista y que nos hace identificarnos con ella en tanto víctimas, también nosotros, de los noventa: "Necesito ganar más plata. Quiero comprarme libros, volver en taxi si llueve. No atrasarme con el pago de la pensión. Viajar a ver a mi familia cuando tenga ganas, sin que importe tanto el precio del pasaje." Una utopía de mínima, que no por desencantada choca contra la realidad de la condición de pasante en un medio tan hipócrita como la televisión: la chica se desilusiona, llora más de una vez, nos lleva de la mano sólo para que nos choquemos una y otra vez, junto a ella, contra la proverbial pared. Correcto trabajo de la autora que aporta el morbo adicional de tratar de identificar, entre los personajes que nombra, a algunas caras más o menos conocidas de la programación de un canal de noticias. 

Próceres argentinos, por Diego Máteryn. Este cuento es todo lo que el de Magnus no es. La relación padre/hijo está teñida, como en aquel caso, por el fracaso del padre, pero aquí mirado desde el antes y no desde el después; hay un humor que estalla cada tanto sin convertirse en caricatura, hay algunos hallazgos geniales y un uso potente de la descripción. Pero también hay una alegoría subyacente bastante fácil de descifrar, un uso de esta batalla entre propietarios de parripollos como metáfora de la Argentina caníbal de esos años (o de todos los años, ¿no?) con todos los elementos primordiales puestos en escena: la competencia salvaje, la ilegalidad como norma, los consumidores seducidos por el espejismo, la inventiva mercantil como valor supremo, la traición al mejor postor, la ausencia de red para los perdedores.

Punta del Este, balneario geográficamente argentino, por Nicolás Mavrakis. Si en el caso de Budassi debíamos adivinar la huella de lo real tras la ficción, el relato de Mavrakis es abiertamente no-ficcional: el autor ha dicho que el material base de la narración es el testimonio real de dos personas que protagonizaron los noventa subidos a la cresta de una realidad frívola y acaudalada, con la sola condición de que no mencionara sus nombres reales. Sí se da el lujo de identificar a otros personajes que habrían protagonizado los incidentes que se cuentan: Carlos "el Indio" Solari, Alcides (el cantante de cumbia), el "Manteca" Martínez, la modelo María Vázquez, Miguel del Sel... otros, en cambio, aparecen enmascarados tras una inicial: Armando G., María Julia A., Ramón H., Amalia L. de F. Surge aquí la pregunta ética: ¿por qué contar a qué María le echaron media botella de Dom Perignon en las tetas y no qué Ramón se hacía traer modelitos para jugar a perseguirlas y movérselas si las alcanzaba? Es uno de los pocos cuestionamientos que tengo para un cuento bien escrito, entretenido, que logra reflejar lo que desea reflejar (no que eso tenga nada de revolucionario a esta altura, por supuesto): el clima liviano, vibrante, amoral que se vivía dentro de la enorme burbuja de champán en que algunos pasaron esos años, ajenos a la dura realidad del resto.

Donde el pasto es verde y las chicas, bonitas, por Cecilia Boullosa. No hay mucho de nuevo en este retrato de una rubia claramente tarada que usa su atractivo sexual para hacerse invitar tragos en los boliches y goza excitando a los hombres y después cortándoles el mambo. Pero se han construido narraciones notables sin pizca de novedad. Lo que no funciona aquí es la clara antipatía de Boullosa hacia su personaje: todo es unidimensional y explícito hasta la obviedad ("Pauli nunca daba, siempre recibía"; "Sólo tenía que tener un minuto para poder bailar frente a él [Axl Rose], pensaba. El resto era simple. Había formas de llegar a Los Ángeles.", y aquí uno casi puede oír la risa estridente de la mala de telenovela antes del corte a la próxima escena, materializado por tres circulitos). La saña de Boullosa suena bastante arbitraria dado que, viendo su fotografía, no parece que le haya ido tan mal en los boliches durante los noventa. Tal vez la explicación esté en cierta noción de la narrativa: Pauli, acostumbrada a ganar siempre, fracasa estrepitosamente en su intento de levantarse al cantante, y ese fracaso final es a la vez una moraleja, como la que cabría esperar en una fábula de Esopo, Samaniego o Lafontaine.

Lado B, canciones lentas, por Hernán Casciari. Quienes más o menos siguen el blog de Casciari reconocerán aquí su huella inconfundible: la maestría en el uso de las palabras, el manejo impecable del tiempo, la perfecta dosificación de anécdota y reflexión en la primera parte, que es la mejor y que demuestra cómo, una vez más, el autor alterna postales vívidas y reflexiones cuasimetafísicas (como un Dolina más terrenal) para construir historias más o menos inolvidables. La primera parte, dijimos, es la mejor: la segunda, a partir de su encuentro con el escritor que admira, Juan Filloy, está menos lograda porque se notan las costuras del relato, es decir se percibe claramente cómo Casciari habla por boca de Filloy, largando titulares a seis columnas. Sin embargo, en ningún momento la narración llega a ser mala ni aburrida; esa segunda parte sólo es un tanto decepcionante comparada con la anterior, y puesta por sí misma pasaría, de todos modos, la prueba de la memoria. Ah, la oración inicial ("El mismo día que a Maradona lo echaron del Mundial me cansé de mi vida") disputa con el comienzo del cuento de Pablo Toledo el puesto de mejor apertura del libro.

Mujeres, por María Fasce. Dado que las contribuciones de Patricia Suárez a En celo e In fraganti me parecieron trilladas, aburridas y falaces, celebré que no hubiera ningún cuento suyo en esta tercera antología. Pero aquí está su reemplazo. Fasce se mete en una antología sobre los noventa con un cuento que no tiene nada que ver con los noventa (la propia autora admite que el relato ya estaba escrito y le introdujo artificialmente un par de referencias para hacerlo encajar), pero viola el principio tácito de que las reglas pueden romperse si es para refutarlas con algo superior: Mujeres no es más que una mala excusa para reproducir una parva de lugares comunes mediante el artificio de bocetar personajes unidimensionales y descartarlos cuando ya dijeron su línea (algo que ya habíamos visto en Es una fuerte lluvia la que va a caer, de Suárez). La autora habla por boca de un hombre pero no acierta con el tono masculino, explica innecesariamente lo que ya está claro y se las arregla para que odiemos no sólo al protagonista y a cada una de sus novias sino incluso a su madre, a todas luces una santa mujer.

Samaritana, por Hernán Vanoli. A pesar de estar construido en base a una trama y unos personajes harto transitados por la literatura, el cuento no carece de interés: el protagonista nos genera cierta empatía y nos dan ganas de golpearlo cuando, al final, reacciona un poco como el hombre del subsuelo dostoievskiano y le asesta un hachazo a su tenue relación con esa compañera de facultad de la que se enamoró. El problema es que la narración parece insimultánea, como una sucesión de fichas: primero Vanoli describe el clima de la Facultad, después presenta a la chica, a continuación se ocupa del protagonista, después narra brevemente un encuentro que en realidad le sirve para introducir al motor oculto del conflicto: el novio de la chica, un ladero de Tinelli caído en desgracia tras brillar lo suyo; por último el desenlace, que no deja de conectarnos con la emoción del muchacho.

El barco en alta mar, por Julia Coria. El primer párrafo introduce el elemento de tensión que, se supone, domina todo el cuento: aún no sabemos que se trata del regreso a casa de un militar indultado luego de pasar años en prisión por su actuación en la dictadura, pero ya se percibe, en las palabras de la narradora (esposa del militar), el desprecio mezclado con miedo por "esa gente" que espera afuera, que amenaza la tranquilidad del hogar. El segundo párrafo, sin embargo, tira abajo ese efecto introduciendo un largo y pesado racconto sobre el comienzo de la pareja, los hijos y la madurez. Coria retoma el hilo con más personajes: el yerno norteamericano, el abogado, las nietas; pero no logra remontar la ausencia de tensión narrativa (a la que no ayuda cierto acartonamiento del lenguaje), no alcanza a despertarnos odio o pena o impotencia y al final, cuando las sábanas envuelven la incertidumbre de una y la frialdad del otro, nos quedamos con una historia de la que apenas se puede decir nada.

Tony Plana, por Leonardo Oyola. Es inevitable la comparación con el cuento de Cucurto incluido en el mismo volumen: el texto de Oyola no se esfuerza por ser divertido sino que es divertido, y no le hace falta ir a Berlín sino a Mar del Plata, y no necesita acumular nombres de escritores famosos sino apenas inventar a un actor venido a menos que se emborracha en un bar, y ni siquiera piensa en meter a un pulpo gigante cuando tiene a su disposición toda la imaginería de una estación de servicio de putas. Lejos del clima opresivo, trágico, de Matador, el relato que Oyola aportó a In fraganti, Tony Plana es una bocanada de aire fresco que nos permite reírnos sin por eso abstraernos de ciertas realidades sociales.

El monstruo, por Mariana Enríquez. No por nada Enríquez es el único nombre que apareció en todas las antologías de Reservoir Books dedicadas a la nueva narrativa: sin duda sabe escribir, sin duda sabe encontrar buenos materiales para la ficción y hacer algo bueno con ellos. Aquí, sin embargo, el intento es menos afortunado que en los cuentos que aportó a En celo e In fraganti. Inspirado en una metáfora de Gustavo Nielsen, este breve relato trabaja con una especie de mitología del Riachuelo: es, dice Nielsen y repite Enríquez, el monstruo de Buenos Aires. ¿Es la violencia de la marginalidad, el gatillo fácil, el impuso suicida lo que hace que cada tanto aparezca un cadáver en esas aguas putrefactas o es la propia voracidad de la criatura, el requerimiento de ofrendas humanas para no alzarse sobre el paisaje y devorarlo? La fantasía terrorífica y la opresiva realidad social se funden en el cuento pero da la impresión de que no alcanza, de que esa mitología es apenas un dispositivo artificial para hablar de otra cosa, de que la fusión se deshace apenas abandonamos la mente del chico para pensar por nosotros mismos.

No sť si chatear o comprarme un perro, por Joaquín Linne. Un relato entretenido, ágil, punteado de reflexiones a veces un poco tontas, otras no. Tal vez, más que de relato, cabría hablar de retrato: el de un personaje que se define a sí mismo en relación con las mujeres, que en su mundo tienen o bien el rostro de la que rechaza, y augura así un mal futuro, o el de la que se fue, garantizando así un mal presente. La mejor frase: "Nada sería mejor que verte feliz (pero nunca antes o más que yo)."

Todo por dos pesos, por Pablo Toledo. El principio, esa enumeración de artículos que se pueden hallar en uno de los típicos bazares que proliferaron durante los noventa, es genial y probablemente la mejor apertura del libro, como consignábamos más arriba. Después de eso, a la historia le cuesta arrancar: parece el resumen oral de una situación muy familiar para todos, la del emprendimiento prometedor que resulta un fracaso, y los conflictos de los personajes están meramente enunciados, no mostrados. Pero después, cuando aparece la pareja de amigos exitosos con la promesa de la intervención salvadora, todo toma otro color, otra carne, y el cuento empieza a valer la pena. Esas últimas páginas realmente se disfrutan, y aunque el final se ve venir, no importa.

Paddle, por Sebastián Martínez Daniell. El peor cuento de la antología por varias cabezas. Un incidente trivial (la torcedura de un tobillo) le sirve a Martínez Daniell para encajarnos a un personaje que habla en cursiva y que parece tener dos variantes principales de discurso: decir "Me torcí el tobillo" y explicarle a un oyente anónimo, que desde bastante temprano adivinamos que es Dios (!!!), el origen del paddle, su apropiación por Europa y su regreso a América transformado en otra cosa, las implicancias filosóficas de esto, la relación entre guerra y deporte... todo en un tono didáctico insoportable, tedioso, que los profesores pedantes suelen emplear en sus clases pero que sólo a un mal personaje de ficción se le ocurriría emplear en un diálogo íntimo con el Creador, suponiendo que exista. Infumable.

El Gurú, por Ana Cecchi. Una narración correcta, con un buen manejo del lenguaje, un clima bien logrado y un núcleo de interés claro y atractivo, que por alguna razón parece no terminar: el "final" del cuento no logra clímax alguno, todo sigue y seguirá siendo como venía; es como si el punto final hubiera sido puesto en un lugar arbitrario. Igual vale.

El amor es mucho más que una novela de quinientas páginas, por Wáshington Cucurto. Dos personajes de este cuento delinean el programa literario a que parece atenerse el autor. "¡Seamos todos malos, pésimos, horrendos escritores!", grita una especie de mezcla entre escritora y prostituta; "Yo soy un escritor moderno y como todo escritor moderno escribo mal", dice luego el propio Cucurto, protagonista del relato. Así es, en efecto. Las primeras cinco páginas de este relato (que tiene veintisiete y un cachito) ofrecen algunos momentos fuertes, realmente valiosos; el problema es que Cucurto tropieza todo el tiempo con el lenguaje y el lector, consiguientemente, tropieza en la lectura. Después la historia, según el hábito de este autor, se hunden en una parrafada admirativa, a la que sigue otra interrogativa; luego, y hasta el final, se vuelve francamente abominable: un inmenso chiste malo con una trama absolutamente inverosímil (y no porque sea fantástica) que encadena más chistes malos a granel.

Sebastián Lalaurette