In fraganti
Mariana Enríquez, Leonardo Oyola, Romina Doval, Juan Terranova, Ana Cecchi, Alejandro Parisi, Diego Erlan, Julián Urman, María Molteno, Hernán Vanoli, Maximiliano Matayoshi, Pablo Ali, Violeta Gorodischer, Juan Diego Incardona, Gisela Antonuccio, Pablo Toledo, Marina Kogan, Pablo Plotkin, Patricia Suárez, Germán Maggiori y Federico Falco

Dado que las noticias policiales son las que concentran los extremos más terribles de la pasión humana, y dado que todos los periodistas somos un poco escritores, y dado que el espacio en los diarios nunca alcanza para desplegar todas las posibilidades del drama, no es raro encontrarse con cuentos e incluso colecciones de cuentos (y hasta novelas, claro) basados en casos policiales reales. Lo hicieron, célebremente, Truman Capote y Rodolfo Walsh; en los últimos tiempos y por estas tierras, por ejemplo, Osvaldo Aguirre y Reynaldo Sietecase, por no olvidar las reelaboraciones semificcionales de Mujeres asesinas en formato libro y unitarios televisivos. Ahora, una nueva antología de cuentos escritos por autores de la autodenominada "nueva narrativa argentina" o "la Joven Guardia" viene a explorar, una vez más, las posibilidades literarias que brindan los hechos de sangre, violencia, marginalidad y corrupción de la vida real.

Esta reseña o, mejor, esta compilación de minirreseñas viene precedida de la misma advertencia que valió para la de En celo, pero matizada: sigue siendo cierto que, al tratarse de una compilación de cuentos escritos por autores de estilos y talentos muy dispares, se hace difícil tomarlos en conjunto y hacer consideraciones generales en cuanto a estilo, estructura, lenguaje, pero hay cierta unidad inevitable en el libro, que procede de la necesidad de referirse a un hecho policial verídico: los cuentos deben enfrentarse al peligro del "efecto remake", es decir, a la posibilidad casi cierta de que el lector identifique tempranamente el hecho real que le dio origen, adivine entonces (o más bien recuerde) el final, y todo el efecto se vaya al tacho. Un desafío para los veintiún escritores que aportaron su material a In fraganti. Algunos sortearon ese peligro, otros se estrellaron.

El requisito también implica, para el lector/crítico, un interesante doble juego que consiste a la vez en buscar los rastros de la realidad en el texto y en negarlos, es decir en no tenerlos en cuenta para poder considerar cada obra como artefacto literario más allá de los hechos que la inspiraron. Es un juego cuasihistérico del que no sé si saldré indemne: el que avisa no es traidor.

Veintiún autores, veintiún cuentos, significa entonces veintiuna reseñas. Son las que siguen:

Ángel de la guarda, por Mariana Enríquez. Tal vez habría que repetir el calificativo de "excelente" que habíamos gastado en virtud de Entre hombres, el cuento de la misma autora publicado en la otra antología. Fue una buena decisión abrir el volumen con este relato estremecedor, incómodo, que parece echar rayos X sobre todas las paredes del conurbano bonaerense y exhibir la vida en su locura desnuda. La prosa es (vamos a gastar otro adjetivo) impecable, y sólo molesta la repetición de una imagen que en principio es buena pero después pierde efectividad (no habría sido así si toda la historia estuviera contada con una escritura reiterativa, obsesiva, pero no es el caso). Enríquez vuelve a demostrar que la potencia no tiene por qué residir en el artificio.

Matador, por Leonardo Oyola. No hay gran cosa que decir de este cuento y eso es bueno. Es una más de las mil historias ubicadas en el submundo de violencia y degradación de las cárceles, y una de las que están bien narradas, con un manejo notable (vívido pero no excesivo) del lenguaje propio de ese ámbito, tanto en la narración en sí como en los diálogos. Sólo en un par de momentos ese dominio no parece absoluto. El final es de esos que se ven venir pero aun así no pierden su impacto, a lo que contribuye sin duda que el autor haya elegido contar el suceso de público conocimiento a partir de una historia privada, más pequeña pero inextricablemente unida a él. Otro relato más que recomendable.

Mata a tu Dios, por Romina Doval. (Por cierto, a mí también me dicen Junior.) Lo primero es lo primero: este cuento debería llamarse Kill your god, en inglés, y con la última palabra en minúscula. Por otra parte, llaman la atención, en medio de un ambiente correctamente recreado, expresiones como "mosquita muerta" que parecen extraídas de viejos capítulos de Señorita maestra e insertadas a presión en los diálogos de los adolescentes de hoy. Dicho esto, el cuento no carece de mérito. La autora hizo un buen trabajo al recrear la atmósfera de una división de secundaria desde la mente de un chico problemático en cuyas profundidades anida el peligro. Las situaciones cotidianas están impregnadas de realismo y el final, cuando todo estalla más o menos inexplicablemente, está bastante bien resuelto más allá de la excesiva contención en las reacciones de algunos personajes (cualquier escritor sabe que no es bueno abusar de los signos de admiración, pero hay escenas que ciertamente los piden).

Fuego chino, por Juan Terranova. A diferencia de otros relatos de la antología, el cuento de Terranova logra eludir el "efecto remake" gracias a una aproximación verdaderamente original al caso policial que le tocó en suerte. Lo hace, además, en un tono acertado, que no abandona nunca la comedia pero tampoco deja de traslucir el fondo de tragedia que sufre el personaje. Hacia el principio el autor empieza a repetir el mismo error que señalábamos en Me das miedo, Lucía, su aporte a la antología En celo: ese didactismo innecesario que distrae de la historia. Pero aquí se aparta a tiempo. La historia gana vuelo rápidamente y aporta algunas imágenes interesantes y divertidas.

La puerta de bronce, por Ana Cecchi. Los yanquis suelen decir: "If you're ninety-nine percent there, you're not there". Es lo que sucede con este cuento que desde el principio hasta el penúltimo párrafo está contado con oficio (más allá de alguna figura trillada como la repetida comparación de la piel de una joven con la porcelana), sin que se perciban las transiciones entre los climas en el apretado espacio de cinco páginas y media; que traza personajes verosímiles y les pone en la boca palabras creíbles, que se desenvuelve, en fin, suavemente, en una atmósfera de realidad, y que al final desoye sus propios consejos y concluye abrupta pero previsiblemente, con un párrafo corto en que se descarga todo a través de un discurso forzado, antinatural.

Sesenta kilos, por Alejandro Parisi. Se nota en Parisi la influencia del cine hollywoodense y, sí, esta afirmación es bastante peyorativa. Al igual que en El gran salto, su aporte a la antología En celo, los personajes y situaciones de Sesenta kilos son estereotipados y parecen salidos del guión de una película que nadie recordará el año que viene. Toda la narración ya se ha visto, y el final, lejos de ser sorpresivo, se ve venir; más allá del "efecto remake", que opera aquí fuertemente, lo cierto es que la historia no podría terminar de otra manera. Se agradecería, sin embargo, que de todas maneras el protagonista presentara alguna evolución a medida que lo gana la desesperación, pero el tipo ya está totalmente paranoico desde la página uno. Lo del título se explica cerca del principio y después se repite con alguna variación hacia el final: ya entendimos, Parisi.

Nadie habla, por Diego Erlan. Cualquiera que haya visto El ladrón de orquídeas (Adaptation) reconocerá en este cuento la impronta de Charlie Kaufman, el guionista que, al no poder escribir la adaptación de un libro a la pantalla grande, opta por escribir la historia de un guionista que no puede escribir la adaptación de un libro a la pantalla grande. Erlan hace lo mismo: le había tocado en suerte el caso del "loco de la ruta" (el misterioso asesino de prostitutas) pero, inteligentemente (bueh, ya dijimos que el recurso no es original suyo), optó por contar las peripecias de un joven escritor al que le han encargado escribir la historia del "loco de la ruta" para una antología de cuentos basados en casos policiales reales. El relato es efectivo y desemboca en un giro ya anunciado al principio, pero lo más interesante es tal vez la escena del levante, que comprende el apartado 2 del cuento, por el juego casi oral que alterna detalles precisos con frases y situaciones remendadas a los efectos del relato y acompañadas con el reconocimiento explícito: "Bueno, no lo dije así, pero igual nos reímos". Recurso que le aporta innegable vividez.

La nada en todas sus formas, por Julián Urman. Muy probablemente el mejor cuento de la antología. Urman toma un caso policial bien conocido y se ubica en el incierto terreno posterior al crimen y anterior al castigo, pero lo hace subvirtiendo las presuposiciones sobre lo que ocurre en ese período de tal modo que lo que encontramos es exactamente lo que no esperábamos encontrar. Lo hace, además, con una prosa brillante que va desenvolviendo la matriz psicológica hasta que la inevitable irrupción de palabras fuera de tono (televisión, miniserie, restaurante) no nos deja otra posibilidad que tomar partido. El juego propuesto por Urman es fascinante y la pregunta inicial y final tiene, incluso, connotaciones filosóficas.

Sesiones, por María Molteno. Es muy difícil hacer lo que, con relativo éxito, intenta hacer Molteno: contar una historia a través de las palabras de una paciente que le habla a su terapeuta y nada más. Hay cuestiones elementales que parecen haber sido dejadas de lado como, por ejemplo, el hecho de que la gente no habla con paréntesis: "cuando le dije un recuerdo de la infancia (no se me ocurría otra cosa) me puso esa cara que me da tanta bronca...", "Creo --era un sueño-- que en ese momento yo estaba llorando a los gritos". Por otra parte, el suspenso empieza a desinflarse hacia la mitad del texto, pero eso no molesta demasiado porque lo fuerte de la narración está en otra parte. El final es toda una apuesta: primero cierra una historia, la conocida, y después termina de dibujar la otra, la que es más central al cuento, para culminar en un último y breve párrafo que más que cierre parece una apertura.

Los príncipes, por Hernán Vanoli. En un capítulo de una vieja telenovela de la tarde, el personaje de Mariana Arias no tiene mejor idea que arrojarse por sobre la baranda de un primer piso para eliminar un embarazo (o para disimular que no había tal, ya no recuerdo) y así ganar el cariño del galán, interpretado por Gustavo Bermúdez. La soberbia estupidez de ese plan es superada por la del proyecto criminal que se descubre cerca del final de este cuento de Vanoli, a cuya verosimilitud no contribuye la presencia de dos enanos y un pelotero con serpientes. Las primeras páginas, donde somos introducidos a los personajes, son prácticamente incomprensibles y no da mucho placer releerlas para entender quién es quién en esta historia involuntariamente humorística.

Sin penas ni rencores, por Maximiliano Matayoshi. Este cuento acerca de un golpe reciente y profusamente difundido elige descartar el golpe en sí, lo espectacular, lo sorpresivo, y centrarse en las peripecias de uno de los miembros de la banda durante los preparativos. El personaje está dibujado con una verosimilitud que en algunos momentos parecería excesiva pero no: realmente hay gente así en el mundo. La narración oscila entre el realismo sucio, cotidiano, y otro que Matayoshi toma prestado del cine de género (léase Tarantino, películas yanquis de gangsters). El producto terminado es inspirado y tiene la atmósfera de lo real, más allá de alguna deficiencia de documentación (la frase que da título al cuento había sido tomada de un golpe cometido en otro tiempo por otra gente). Meritorio.

La apariencia del delito, por Pablo Ali. Quedé agradablemente sorprendido por este cuento, ya que la contribución de Ali a la otra antología de Reservoir Books no me gustó ni medio. En esta ocasión tenemos una narración correcta, sin golpes bajos, un tanto previsible pero aun así entretenida. Está contada desde la voz de uno de los personajes y, aunque a veces se pierde el verosímil de la oralidad, podría ser mucho peor.

Ellas, por Violeta Gorodischer. Seguramente este cuento comparte la tríada de los relatos más destacables del libro. Un clima que no afloja nunca, una tensión narrativa formidable que no disminuye porque adivinemos el final, un contrapunto (original, creo, a menos que tenga una base documental) entre las formas de sometimiento más horribles y las más placenteras, todo se conjuga en una historia sin fisuras. A diferencia de otros cuentos, en éste la elección del tiempo presente no es gratuita y contribuye a mantener esa atmósfera tensa y desahuciada que, aprendimos a suponer, envolvió la mente del protagonista en los días previos a la masacre. El único defecto que le veo a este cuento: la oración inicial carece de potencia.

El Oreja, por Juan Diego Incardona. La prisión es "desolada y fría". Los pájaros se acercan a las migas de pan "sin sospechar el peligro" que corren. Las horas de aislamiento son "una verdadera tortura". La masacre de unos animalitos es "una escena dantesca". Y así. El estilo poco inspirado de Incardona, su adjetivación elemental, la previsibilidad de la estructura narrativa conspiran contra una historia que no carece de interés: en lugar de narrar los crímenes del Petiso Orejudo, el autor elige contar sus días en la cárcel desde la mirada hostil y medio horrorizada de sus compañeros de reclusión. Si la escritura brillara un poco más, el cuento sería memorable.

La secretaria, por Gisela Antonuccio. Toda muerte violenta, ya sea crimen o suicidio, define un delante y un detrás. Antonuccio hace jugar esos dos elementos gráficamente, mediante el recurso de contar separadamente los dos planos de la historia. Hay algo arriba y algo abajo, está lo evidente y también lo oculto, lo llano (tipo regular) y lo oscuro (una pesada cursiva); la crónica casi periodística y el discurso de la víctima, que se adivina compuesto a partir de declaraciones judiciales. El resultado es interesante, si bien el texto que fluye por la parte superior de las páginas es poco inspirado y, en algunos pasajes, casi técnico.

Causas simples para crímenes improvisados, por Pablo Toledo. Como en el caso de Matador, no hay mucho que decir de este cuento; nuevamente, eso es bueno. La historia elegida por Toledo está narrada con indudable oficio y no hay puntos bajos en ella. Es posible que el personaje no haya recibido toda la atención que merecía (hay en él algo fascinante), pero tal vez la economía narrativa requería ajustar las tuercas cuanto antes. El párrafo final es sencillamente brillante.

Sobre sus pasos, por Marina Kogan. Da la impresión de que Kogan hubiera intentado transmitir, en el final del cuento, toda la intensidad de la sospecha popular acerca de uno de los crímenes irresueltos más sonados de los últimos tiempos. Pero, por eso mismo, su cuento es una víctima especialmente indefensa del "efecto remake". Por otra parte, más allá de algunos hallazgos ("comprende que él está allí y que está vivo, y que entonces tiene que irse"), la narración empieza un tanto confusa, entre nombres de pila que hay que desentrañar con esfuerzo.

Mamá Rosa, por Pablo Plotkin. Podríamos decir algo como: "Con sus historias, ellos nos emocionan, nos llevan a mundos fantásticos, nos hacen reír y soñar...", pero mejor dejemos eso para las presentaciones de los Oscar. Provocar rechazo, asco, revulsión, también puede ser una marca de buena literatura. No es justamente éste el problema con Mamá Rosa. Lo que no funciona en esta historia cruda a más no poder es la estructura narrativa, que más que compleja parece simplemente desordenada, al punto que el flashback que nos hace viajar a la infancia de la mujer es un anticlímax de tal magnitud que dan ganas de dejar de leer ahí mismo.

La valiente Irene, por Patricia Suárez. Ignoro cuánto de la historia que cuenta Suárez procede del caso policial real y documentado, pero desde el punto de vista de la ficción parece que todo ya se ha visto: la médium que es requerida cada tanto por la policía para dar con el criminal oculto, su rechazo de la responsabilidad y el dolor que le ocasiona la tarea, las visiones equívocas, la impaciencia del policía que (adivinen) está a punto de jubilarse y quiere resolver su último caso. Además está el obligatorio apartado en que se cuenta cómo la protagonista (siempre son mujeres, ¿no?) adquirió conciencia de sus poderes y también una sensación de culpa agobiante. Cuesta entrarle al texto porque el tramo inicial y luego otros, por el medio, están narrados con una profusión de puntos seguidos que los vuelve insoportables. Después pasa y hay que decir que el resultado final no es del todo malo.

Volveré, por Germán Maggiori. Cuando se entra en el terreno de la ciencia ficción se corre el riesgo de que el absurdo sea excesivo (lo digo con dolor, porque mi fascinación por la literatura estalló gracias a la ciencia ficción y fue muy penoso comprobar con cuánta frecuencia sus autores metían el pie en todos los baches posibles). Maggiori evita ese peligro aunque no por eso su historia pierde vuelo. Su hipótesis conjuga los dos elementos que caracterizan a la buena especulación científica: se trata de una explicación sorprendente, verdaderamente original de un enigma que desconcierta al país desde hace bastante tiempo pero, a la vez, es una explicación tan razonable que nos deja preguntándonos cómo no se nos ocurrió antes.

Los días que duró el incendio, por Federico Falco. ¿Es aceptable criticar moralmente un cuento? Supongo que no y por eso prefiero destacar lo arriesgado de la apuesta estilística de Falco, que optó por narrar el caso del violador serial de Córdoba en forma de comedia musical. Lo hace con gran imaginación, aunque no logró vencer mi instintivo desagrado por el formato (anoto esto en la columna de mis propias carencias, no de las suyas). Si cupiera la sanción moral sería la siguiente: el cuentista hace un buen trabajo al delinear la posición de las víctimas en la mente del violador como chicas que se resisten a un oscuro deseo de fondo, pero en dos ocasiones esa visión está claramente identificada con el narrador y no con el criminal, lo que resulta revulsivo y sin duda constituye una operación intencional.

Sebastián Lalaurette