En celo
Juan Terranova, Pablo Ali, Mariana Enríquez, Gisela Antonuccio, Washington Cucurto, Marina Mariasch, Maximiliano Tomas, Oliverio Coelho, Joaquín Linne, Josefina Licitra, Hernán Arias, Gabriel Vommaro, Natalia Moret, Alejandro Parisi, Florencia Abbate, Félix Bruzzone, Mariela Ghenadenik, Pedro Mairal y Patricia Suárez

Es difícil escribir, hoy, una reseña de este libro, que viene precedido de la siguiente advertencia: se trata, como lo advierte el propio subtítulo, de una recopilación de cuentos escritos por "los mejores autores de la nueva generación". A pesar de eso, es, obviamente, posible, y como ya hice en otra parte mi pequeño aporte a la polémica en torno de esa etiqueta, voy a obviarla en este lugar y a referirme pura y exclusivamente a los diecinueve cuentos que incluye, todos relacionados de una u otra manera con el sexo. (Dado que se trata de una antología de varios autores, de estilos y talentos muy desparejos, no hay otra forma de hacerlo: el libro no tiene otra unidad que la temática, al menos no en forma clara, y empezar a buscar puntos comunes sería reproducir acá lo que se discute afuera.)

Diecinueve autores, diecinueve cuentos, significa entonces diecinueve reseñas. Son las que siguen:

Me das miedo, Lucía, por Juan Terranova. La oración inicial justifica que éste sea el cuento elegido para abrir el volumen: "A veces te toca el dolor." Muy buen comienzo para un cuento que se entretiene demasiado en una especie de exposición teórica del sadomasoquismo, un regodeo intelectual que perjudica el ritmo de la narración. La historia es atractiva y da pena que, más allá de la irrupción de esos apuntes, esté narrada de forma tan lineal. Termina casi con un anticlímax, lo que en esta historia en particular no sé si se agradece.

Y el domingo descansó, por Pablo Ali. Un cuento tradicional, con una idea rescatable, una escritura meramente correcta, algunas situaciones poco creíbles y un final tan precipitado que uno tiene que releerlo para ver si se perdió algo.

Entre hombres, por Mariana Enríquez. Excelente. Seguramente el mejor cuento de la antología. Una entrada fuerte, después una narración intensa, de estructura tradicional (un flashback, un par de saltos al presente, nada nuevo: simple pero efectivo) que no decae jamás; un lenguaje impregnado de sudor, de pulsión escópica, un personaje creíble, tal vez demasiado, y un juego entre amor y deseo que se convierte en un periplo, en una parábola descendente.

La chica del Setter, por Gisela Antonuccio. Una historia divertida, escrita sin artificios, con una tensión que tampoco decae; situaciones que suenan auténticas, buen manejo de los diálogos y un humor, como suele decirse, sabiamente dosificado. Antonuccio construye dos personajes bastante unidimensionales pero lo hace para someterlos a una crítica sutil, y funciona.

Paraguayito de mi corazón, por Wáshington Cucurto. Pésimo. A lo mejor Cucurto piensa que escribir bien es combinar una prosa muy elemental, casi infantil en su apelación al lector ("¿Por qué Pirata del Amor? ¿No les conté?") con consideraciones políticas de café metidas a presión en medio de la historia y marcadas por signos de admiración y puntos suspensivos igualmente infantiles ("en esta pedorra bailanta de baja estopa y alto reinting (sic) del rioba de Constitución, neoliberal hasta en las etiquetas de la cerveza, menemista hasta en los posters coloridos de sus paredes, ¡vive, existe, nuestro único y falso federalismo!..."). Está bien reflejado el ambiente, pero ése es casi el único mérito de un cuento absolutamente olvidable.

Los días negros, por Marina Mariasch. No sé, no sé. En cualquier caso es una sorpresa: conocía (y admiraba) a Mariasch por su poesía, fascinante, despojada y enigmática a la vez, esa poesía que exuda una frescura sexy y posmoderna, y esperaba algo similar en su prosa pero en vez de eso me encuentro con dos páginas iniciales de un onirismo hermético, una sucesión de imágenes televisivas que desembocan en un panorama de pesadilla cotidiana. La realidad agobiante del protagonista se escapa hacia una fantasía también agobiante, húmeda pero seca, depresiva (y no hay que olvidar que se trata de una mujer escribiendo sobre la fantasía de un hombre). La escritura es, como el título, negra: dibuja densamente, se adivina en espiral o en espejo. Un buen debut narrativo para esta poetisa brillante.

Máquinas de enamorarse, por Maximiliano Tomas. Una terminal de ómnibus, a la una de la mañana, es el escenario ideal para el cóctel de melancolía, culpa, excitación, tristeza, curiosidad, osadía y ternura que prepara Tomas en este relato, a partir del encuentro entre un hombre casado y una jovencita. Tiene oficio y la mejor manera de notarlo es dejarse llevar por el fluir de la narración, que transcurre sin sobresaltos, sin perderse ni acelerarse, como debe ser en estos casos. Un aura nocturna envuelve a los personajes y también al lector: Máquinas de enamorarse nos lleva a pensar en cosas que sólo se piensan de noche.

Ojo de pez, por Oliverio Coelho. Siempre es un riesgo escribir en presente. No porque conlleve complicaciones gramaticales (al contrario, facilita el cambio de tiempos, evita los imperfectos, etcétera) ni porque genere una impresión de cercanía, sino simplemente porque suena raro. Coelho eligió el presente y las primeras páginas de Ojo de pez pagan el precio: una impresión de antinaturalidad, de movimiento en ralentí, a lo que se suma una escritura innecesariamente afectada (se nos dice que Virginia es "sumamente permisiva" en la elección de sus parejas o que le entrega la llave de su caja fuerte a una empleada, "quien tras unas maniobras" se la entrega). Después todo se aceita y circula mejor. Y lo que leemos es una historia fuerte, extraña, bien llevada, fría pero, al final, electrizante y conmovedora.

Ahí, a la vuelta, por Joaquín Linne. Linne también elige el presente para contar su cuento pero, en este caso, no hay atisbo de antinaturalidad: a caballo entre la conversación, el diario íntimo y la narración tradicional, su prosa fresca, llena de paréntesis casi orales, es el vehículo perfecto para seguir al protagonista en su recorrido divertido y casi trágico. La historia transita entre prejuicios y obviedades y al final, como última sorpresa, resulta que todos los prejuicios están justificados. Extraño anticlímax que no sólo se perdona sino que hasta se agradece. No digo más porque ya dije demasiado. Y no, "a la vuelta" no significa precisamente a la vuelta de la esquina.

El Gran Omm, por Josefina Licitra. Una suerte de decepción. No es que el cuento sea malo, no; simplemente que Licitra venía, para mí, precedida por su fama (como periodista, su prosa es excelente) y este cuento no está a la altura de esa fama. La narración es absolutamente lineal, casi todos los párrafos se inician con la fórmula personaje-verbo-predicado ("Brenda tenía ojos marrones...", "Brenda había estudiado Derecho...", "Brenda y Esteban se casaron por iglesia y por civil..."), es decir con la forma más elemental de la oración, que además resulta repetitiva; por otra parte, la historia promete desembocar en un final que nunca se produce. Los finales abiertos pueden ser un recurso muy poderoso, que acá no funciona. Es una lástima porque las peripecias del personaje (construido de una manera bastante estereotipada) despiertan interés.

Los empleados, por Hernán Arias. No es, por más que el tema sea mencionado en alguna parte, un cuento sobre sexo. En lugar de eso, Arias traza el lento panorama de la desilusión de una mujer. Impecablemente contado, de tono intimista, abundante en paralelismos, Los empleados es como los buenos vinos: el sabor que deja una vez terminado es tan importante como su gusto cuando atraviesa el paladar.

Ahora contame un poco vos, por Gabriel Vommaro. Junto con los cuentos de Enríquez y Mairal, una de las joyas del libro, y probablemente el mejor escrito de todos. También es uno de los de más alto factor "hot", lo que (ya lo dije) se agradece en una antología dedicada a este tema. Se echa en falta, sin embargo, un cierre de la historia, o mejor dicho: ese cierre parece estar por el medio, suena como un incidente más en una narración dialógica cuyo final no parece demasiadoefectivo, sobre todo porque se parece demasiado al principio. No digo más.

Platero y yo, por Natalia Moret. Una situación interesante resuelta de una manera tal vez poco acertada: ¿era la mejor opción, para contar la tensión entre la hermana sexy y la gordita atravesada por el bruto pero atractivo novio, esa sucesión de segmentos breves separados por espacios en blanco (bueno, por esas tríadas de circulitos que también podrían ser asteriscos y que no sé cómo se llaman) que a veces no se justifican porque lo que sigue es la continuación de lo anterior? Por otra parte, Moret parece no haber estado demasiado interesada en las escenas familiares que abren el cuento y constituyen buena parte del texto: ahí el lenguaje es llano, demasiado, no tiene atractivo alguno. Después sí, la historia toma algún vuelo y también la escritura: hay cierto trabajo con los adjetivos y verbos ("Chorreaban diminutivos"), las escenas calientes están surcadas por andanadas de puntos seguidos que resultan efectivas. El fragmento final, apenas dos párrafos, cierra el cuento meritoriamente. Cierto abuso general de las comas degrada la experiencia de lectura pero, en suma, el principal defecto de Platero y yo parece ser, en mi humilde opinión, el hecho de que se narra una historia pesada con una prosa demasiado liviana.

El gran salto, por Alejandro Parisi. En una atmósfera sobreexplicativa, personajes esquemáticos enfrentan situaciones trilladas mediante diálogos poco naturales. Descartable.

Atardece, por Florencia Abbate. Una narración fragmentaria, por momentos incomprensible, de encuentros y desencuentros, que no aporta nada demasiado original tras la sucesión de conversaciones telefónicas y por chat. El nivel de lengua de los personajes oscila y genera una sensación poco creíble. Da la impresión de que faltó pulir el cuento antes de mandarlo a imprenta. Por ejemplo, creo que el programa "Rent a Bomb", que se menciona, en realidad debería llamarse "Rent a Womb" ("bomb" es bomba, y "womb" es vientre).

Barrefondo, por Félix Bruzzone. Otro de los cuentos cuya inclusión en la antología está más que justificada. Escrito con estilo impecable, conecta indicios y fantasías en una historia simple cuyo suspenso es el que todos sentimos alguna vez: el de la calentura. Mejor no decir nada del final, que está más que bien.

Peis, por Mariela Ghenadenik. Otra de las narraciones meritorias de En celo. Ghenadenik (a quien no le tenía demasiada confianza después de haber leído otro material suyo) logra una especie de proeza al hacer transitar el relato de principio a fin en un equilibrio inestable y sin descarrilar. Es difícil escribir un cuento así sobre la inquietante relación entre una niña y su perra. Está bien resuelto, la atmósfera propia del relato nunca se disipa, el final no entrega tranquilidad alguna. Bien por la autora.

Coger en castellano, por Pedro Mairal. Otra sorpresa agradable: estaba resignado a pasar por encima del cuento con fastidio (nunca pude pasar de la tercera página de la novela de Mairal Una noche con Sabrina Love), pero en cambio me encontré con uno de los mejores cuentos de la antología o, para decirlo mejor, con un muy buen cuento, más allá del contexto. Mairal no sólo logra calentar (un mérito, siempre), sino que aprehende certeramente la psicología del desear y ser deseada que subyace a esa fugaz maraña cibernética de los fotologs adolescentes. Coger en castellano se sostiene en un conflicto potente y logra descorcharlo sabiamente, pero no es eso lo único que nos retiene hasta el clímax. También está, previa y paralelamente, esa mirada aguda sobre uno mismo, hombre excitable ante la profusión de provocaciones adolescentes, que elimina cualquier posibilidad de autoindulgencia: hay personas de ese otro lado, niñas que prueban, que fantasean, que lanzan al mundo su sexualidad, hay piezas con ositos de peluche y modulares con fotos de las vacaciones en familia. El relato confiesa, calienta y castiga, todo en el mismo breve movimiento.

Es una fuerte lluvia la que va a caer, por Patricia Suárez. No sé si hay algo que pueda salvar a esta muestra de insoportable didactismo en la que cada personaje es una excusa para algo que Suárez necesita decir. Algunas de las afirmaciones de este tratado disfrazado de cuento parecen acercarla a cierta forma de feminismo, pero la historia corre por los carriles de las películas que repugnan a las feministas y, en general, a los amantes de las buenas historias: se nombra a una amiga y ya se sabe que la protagonista se va a acostar con ella, se habla de sexo y ya se sabe que va a aparecer el amor, se delinea cierta seguridad y ya se sabe que va a hacerse trizas. Todo esto no es malo de por sí en tanto que la narración esté dotada de cierta complejidad y esto no sea todo lo que hay. Pero en este caso lo es: las cuatro páginas y media de Es una fuerte lluvia la que va a caer no alcanzan más que para levantar a estas figuras artificiales y hacerlas ejecutar sus movimientos de relojería. Una lástima que el libro termine así.

Sebastián Lalaurette


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