El salmón
Fabián Casas

Fabián Casas es, sin duda, una referencia ineludible en la poesía argentina de los noventa y principios de este milenio. El salmón, publicado en 1996 por Tierra Firme y reeditado en 2007 por Mansalva, ayuda a entender por qué. En este librito se revela como un maestro de lo mínimo, como alguien que sabe conjurar imágenes preci(o)sas. Como otros poetas de la época, Casas está lejos de cualquier intención política, una ausencia remarcada irónicamente en un título como "Poema social"; pero, a diferencia de ellos, se preocupa por dibujarse a sí mismo y a otras personas en su íntima lucha por avanzar, por ir hacia algún lado. Mientras Marina Mariasch, por caso, describe el vértigo del instante, la esquizofrenia fulgurante del boliche y el sexo en el desayuno, Casas retrata la mirada vacía frente al espejo, la desorientación a la mesa o bajo la lluvia, el arrojo al lugar que es cualquier lugar excepto adonde uno quería ir.

El salmón se abre así, con desolación y vacío, y a lo largo de unas cuantas páginas (son treinta y seis poemas, la mayoría muy breves) traza un mapa diverso y melancólico. En sus mejores momentos ("A mitad de la noche", "Música", "Despertarte" y sobre todo "Sin llaves y a oscuras"), Casas produce esas epifanías minimalistas que lo acercan a Raymond Carver; en otras páginas entrega pequeñas y bellas postales construidas a partir de un sonido ("Alarma", "Paisaje") o una imagen ("Poema social", "Vida en común"). A veces, pocas, su escritura hace referencia a lo orgánico y nos invita a fundirnos en una percepción ("Comics", "No estoy en bata comiendo naranjas al sol"). En ocasiones, inevitablemente, nos sentimos excluidos ante referencias como la de "Señor, le escribo para decirle", destinado a algún maestro desconocido, o "Todos los poetas son mortales"; pero el juego vale: la poesía, cuando es buena, es intensamente personal, y estas piezas no se limitan a señalar hacia algo que no está ahí sino que además entregan algo, tienen, por así decirlo, corazón.

El libro no es sorprendente, no aporta una textura original, digamos, al mundo de la poesía, pero tampoco es ése el objetivo. Se trata de un libro íntimo, potente y suave, punteado por chispazos de belleza y desaliento. Es así, para citarlo de una vez, "un poco de luz desde las cosas/ que se mantienen frías".

Casas parece haber entablado, en los días en que, alojado solo en la casa de un poeta amigo, escribió El salmón, una relación particular con el espejo del baño: mirarse, lavarse la cara, son actividades que emergen recurrentemente desde la primera demoledora página ("Me pregunto"). También se repite la imagen del autor viajando en automóvil, y tal vez la poesía de Casas puede considerarse así, como una fotografía en movimiento: más allá de que el título del libro refiera a un viaje real emprendido por esos días, una especie de retorno, los múltiples espacios de quietud retratados en pequeños poemas se adivinan transitorios, parecen hablar siempre de alguien que está en otro lugar.

No, no hay política en este libro de Casas pero sí hay la descripción de un viaje sin rumbo que todos emprendimos más o menos al mismo tiempo, pasajeros de una realidad que se desvanecía rápidamente como una cascada, salmones a contracorriente de la historia.

Sebastián Lalaurette