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El mesías de Dune (Dune messiah)
Frank Herbert


El propio Herbert, desde el prefacio a esta segunda parte de Dune, nos dice que su intención al escribirla (en rigor, al escribir también el primer libro de la serie) pasaba, en parte, por reflejar los peligros y las contradicciones de la predicción absoluta. Y, a medida que la trama (por momentos morosa, siempre interesante) se desarrolla, esa advertencia se revela como exacta. También hay, por supuesto, esa mezcla de política, religión y retórica que cabía esperar de la narración del imperio de Paul Atreides, el mesías en cuestión, a quien en el primer volumen vimos ascender al trono de Arrakis, el planeta de arena, donde el agua es el tesoro más precioso.

Están, también por supuesto, los personajes cuyas vidas habíamos conocido, algunos más entrañables que otros: Alia Atreides, Stilgar, Chani, la princesa Irulan, hasta Duncan Idaho, que había muerto. Y aparecen otros bastante sorprendentes, como Scytale, el Danzarín Rostro, o Edric, el Navegante de la Cofradía, cuya influencia puede oscurecer la visión del futuro de los dotados con tal capacidad.

La historia de El mesías de Dune nunca llega a tomar tanto vuelo como su antecesora. Es ingeniosa y completa, intriga y atrapa, como debe hacerlo; pero, en comparación con la novela fundadora de la saga de Herbert (que continuaría luego en otras historias), es un tanto lineal y poco sorprendente. En parte, se debe a las exigencias de la trama: la anterior era una travesía hacia el poder, plena de mística y aventura, con paisajes y desafíos siempre cambiantes; aquí, en cambio, el poder ya está consolidado (tras un lapso increíblemente corto de apenas una docena de años, durante los cuales la bandera de los Atreides se ha extendido por las galaxias), y se trata de qué hacer con él: conservarlo, usurparlo, cederlo, luchar por él... Los mismos personajes, en un mismo escenario, hablando de cosas ya conocidas, como los gusanos de arena o los intereses de la escuela Bene Gesserit, deben remontar una narración con un solo eje.

A pesar de ello, conviene reiterar que este volumen, que continuará luego en Hijos de Dune, logra situaciones llamativas y picos de interés. Se abre anticipando el fracaso del reinado de Paul: una serie de análisis y conversaciones desde el futuro del futuro intentan explicarse exactamente qué pasó, cómo la sombra del Emperador, que veía el futuro tan claramente como las nubes en el cielo, pudo caer al cabo de sólo doce años. Y se cierra con la promesa de que nada ha terminado en Arrakis luego de esa estrepitosa (y necesaria y cabalmente explicada) caída.

Frank Herbert, un escritor con oficio, seguramente sabía, al continuar con la saga, que segundas partes nunca brillaron tanto como las primeras. Pero, a pesar de todo, nos brinda aquí una historia que vale la pena leer.

Sebastián Lalaurette