Coney Island
Damián Tabarovsky

La oferta es inmejorable: al igual que otros libros de la colección Narrativas Argentinas de Editorial Sudamericana, Coney Island se consigue a precio de saldo sin demasiado esfuerzo. Motivo de sobra para apropiarse del placer que reporta su lectura. El librito (ciento y una páginas) se lee de una sentada o, como en mi caso, de una acostada. Pero no es, ojo al piojo, un Coelho o un Fisher: se lee de corrido y con facilidad, pero se lee también disfrutando del generoso artificio de la palabra, de las suaves gemas colocadas una tras otra sin interrupción, frescas y luminosas, como facetas espejadas de las frases que integran. Tabarovsky recurre constantemente a la enumeración, a la repetición y al matiz, pero no como lo hace por ejempo un Andrés Rivera (dueño de un estilo que proporciona un inmenso placer, pero muy diferente), sino en forma casual, casi desinteresada, y sin embargo se puede percibir allí la densidad del pensamiento.

El párrafo inicial del libro, publicado en 1996, ilustra ese talento: "El cadáver apareció desarmado, cortado en fetas de suave espesor, iluminado de astillas, roto en pedazos, descuartizado con perverso fervor, seccionado cada dedo, del pie, de la mano; el codo un acordeón, el cuello violáceo, las costillas de arena, las uñas encarnadas, los dientes negrísimos, la lengua un moño, un ojo extraviado, las orejas cambiadas, un puré el fémur, los tobillos mentolados, el cuerpo un verdadero mal gusto..."

A partir de allí, la acción (si es posible llamarla acción) no se detiene. Coney Island funciona como comedia filosófica, como novela policial sin caso, y si bien la contratapa permite esperar una especie de Soriano (El ojo de la Patria), en realidad el estilo de Tabarovsky es propio y personal. Uno que vale la pena descubrir.

Sebastián Lalaurette



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