Axxón, Anuario I — Ciencia ficción y fantasía
Miguel Bordino, Juan Pablo Noroña, Carlos D J Vázquez, Claudio Amodeo, Germán Amatto, Laura Nuñez, Carlos Gardini, José Vicente Ortuño, Jorge De Abreu, Yoss, Marcelo Di Lisio, Alejandro Alonso, Antonio Cebrián, Alfredo Álamo, Raquel Froilán García, Raúl Alzogaray, Andrés Diplotti, Eduardo Carletti, Claudia De Bella, Carlos Feinstein, Ricardo Castrilli, Claudio Biondino, Fabio Ferreras, Fabián Casas, Hernán Domínguez Nimo, Miguel Ángel López Muñoz y Saurio

Si había alguien capacitado para compilar una antología de la ciencia ficción argentina era sin duda Eduardo Carletti, mentor de Axxón, ciencia ficción en bits, la revista digital pionera que empezó a distribuirse en diskette allá por ¿1987? 1989 y que a lo largo de casi dos décadas logró mantenerse como una publicación de referencia en el campo. Y lo hizo. Lo hizo, incidentalmente, antes del libro que ahora comentamos: su Antología del cuento fantástico argentino apareció hace un par de años en una colección editada por el diario Página/12 y todavía se consigue por ahí. Pero este primer anuario de la revista, que en realidad resume un poco toda la vida de la publicación, es otra cosa. El volumen anterior estaba destinado a presentar el mundo de la literatura de fantasía científica y mágica a un público general; éste, sacado directamente de las tripas axxonitas, ofrece una muestra más honesta, por endogámica, de las virtudes y defectos del quehacer cienciaficcionístico nacional.

Porque, si decíamos que Carletti y su Axxón son un referente indudable en el campo de la ciencia ficción argentina, hay que agregar que se trata de un campo problemático si los hay. En este libro, como en Axxón, hay altas cimas y valles profundos; escritura inspirada y trazos mediocres; fábulas de delicada orfebrería y especulaciones ingeniosas (o no); piezas bellas por su forma y meros bocetos de contenido. (Quien esto escribe lo hace desde el cariño: la revista acompañó mi juventud y en un par de ocasiones incluso alimentó mi ego, cuando pasé de lector a autor.) En los veintisiete cuentos de la antología están claramente marcados los relieves del género en la Argentina y gracias a ella podemos ver las posibilidades del campo y también sus frustraciones.

(Ah, sí, el mapa carece de una pieza fundamental: se echa de menos algún texto de Sergio Gaut vel Hartman, un nombre inmediatamente reconocible de la cf nacional. Tal vez Sergio, editor de la revista Sinergia y también antólogo de ciencia ficción, prefirió quedarse al margen de esta edición a pesar de tener una obra abundante y de ser aún una figura importante en el campo. Bueno, pero hay otros veintisiete nombres para conocer. Algunos valen la pena.)

Que existan buenos escritores de ciencia ficción en la Argentina es reconfortante, aunque el éxito editorial les sea mayormente esquivo. Aquí están algunos de ellos. El caso más evidente es el de Carlos Gardini, que es a la vez (a) un huésped habitual de las páginas digitales de Axxón, (b) uno de los mejores escritores argentinos vivos, (c) uno de los mejores escritores de ciencia ficción del mundo y (d) un gran tipo. Su relato El beso de la valquiria no deja de brillar si bien dista mucho de otras narraciones suyas como Los pescadores de ojos, La Ciudad de los Ojos o Cesarán las lluvias, por no hablar de novelas como El Libro de la Tierra Negra o Fábulas invernales. Gardini es el único autor de la antología que ha logrado hacerse de un nombre reconocible en el mundo literario y probablemente el único que lo ha logrado entre quienes pueblan la escena de la cf local. En ese sentido, este libro es un buen llamado de atención sobre la poca atención, valga la redundante redundancia, que se le presta al campo en el país. No que no haya sido siempre así, pero sería bueno recordar que la literatura de ficción especulativa argentina no se acaba en La invención de Morel.

En otro sentido hay que decir que entre las sombras que el Anuario permite atisbar está el rasgo contrario: si por un lado existe muy buena literatura a la que no se le presta atención fuera del círculo necesariamente reducido de la cf (editores, autores y "fandom"), también hay que lamentar, por el otro lado, el poco criterio que parece guiar la publicación de muchos cuentos que, en la opinión de este humilde escriba (que ya se ve venir la contraofensiva, vaya que sí), no estaban listos para ver la luz. Es como si en este reducido mundo todos tuvieran derecho a publicar, por más que la obra no tenga grandes merecimientos. Si Axxón es el Sur o el New Yorker o el Escarabajo de Oro de la ciencia ficción argentina (bueno, tanto en la revista como en este Anuario aparecen cuentos de autores de otras latitudes), no debería publicar cualquier cosa.

De hecho, me parece que lo mejor será consignar ahora mismo los cuentos descartables de la antología, así nos sacamos de encima lo amargo y vamos después a lo dulce. El material que en mi humilde opinión no aporta nada o, en el peor de los casos, resta, lo que pedía reescritura o bien podría no haber sido escrito, podría clasificarse en tres áreas.

Están, en primer lugar, las narraciones que son antes que nada meros ejercicios de estilo, como Mi Golem, de Carlos D J Vázquez, un autor que puede hacer y ha hecho (y publicado en Axxón) cosas mucho mejores; o Realidad esquiva, de Carlos Feinstein. En la lista también podría incluirse el texto del cubano Yoss titulado Instrucciones secretas para la Misión Alfa: Pliego uno, que no pasa de ser la mera reproducción, demasiado larga y con menos gracia, de un breve y divertido texto de Joanna Russ, intitulado Frases útiles para el turista intergaláctico o algo así (no lo tengo a mano). Yoss reconoce esa deuda en la dedicatoria: el juego es honesto. Pero no alcanza para un buen cuento, más bien lo contrario.

El segundo conjunto de narraciones olvidables es aproximadamente opuesto al anterior y comprende a los cuentos que son básicamente desarrollos de ideas y no revelan una preocupación por la trama o la escritura; bocetos, ensayos inacabados, por decirlo amablemente. Aquí están Vendo máquina, de Miguel Bordino, un cuento decididamente mal escrito con una idea gastada y un par de chistes malos (Guillermo Gato, empresario, dueño de Minisoft). Que ese texto haya ganado el "Premio Axxón 2006" es sintomático de lo que señalábamos arriba acerca de los criterios editoriales. Otros cuentos construidos con poco más que una idea, buena o mala, son Dismnesia temporal del valenciano José Vicente Ortuño (la idea base, además, es hipertrillada), El idioma de los próceres de Fabián Casas (no, no ese Fabián Casas), Una de dos de Fabio Ferreras, No me pidas un milagro de Saurio y Zip de Ricardo Castrilli. En este último caso es una verdadera pena que el autor no se haya tomado el tiempo de perfeccionar su prosa, porque la idea es realmente buena, homenajea con dignidad a una obra maestra como Estación de tránsito de Clifford Simak y la escritura no es tan mala que uno pueda considerarla incorregible, como en algún otro texto.

Finalmente están los cuentos que no son descartables del todo, pero que merecían más trabajo antes de ver la luz: cuentos que revelan un esfuerzo tanto a nivel idea como a nivel escritura pero que se quedan cortos, tienen alguna falla fundamental o no funcionan por alguna otra razón. Como el que publica el cubano Juan Pablo Noroña, titulado Obra maestra, donde una historia que plantea interesantes problemas como la imposibilidad de la comunicación entre especies demasiado diferentes, o el valor relativo del arte y la estética, naufraga abruptamente hacia el final: uno no puede evitar pensar que nadie puede ser tan estúpido como para embarcarse en la aventura que emprende el protagonista sin tener en cuenta la posibilidad del completo fracaso. Y además el texto está escrito como una serie yanqui, suena demasiado extraño. También Horizonte reflejo, el relato de Laura Nuñez (el apellido está las dos veces sin tilde en el libro, así que supongo que se escribe sin tilde nomás) falla a pesar de que resulta interesante su apuesta estilística con fusión de palabras incluida (grisdesaliento, completatransforma, mentiracelestehielocomolaniebla). Y falla porque se pierde en devaneos intrascendentes, demora la epifanía final que no es tan inesperada porque la hemos visto en infinidad de películas e historias de ciencia ficción que leímos de chicos, como Más que humano, esa excelente novela de Theodore Sturgeon, a la que sin duda remite. Nuñez parece demasiado asombrada ante lo extraño y lo sinestésico de la experiencia telepática colectiva, insiste innecesariamente en cosas que no sorprenden en 2007 (año de publicación del libro) y probablemente no sorprendían tampoco en 1967. Otro cuento más bien fallido es Nunca trabajes para un extraño, en el que, por alguna razón incomprensible, Rául Alzogaray plantea un misterio que no se devela nunca. En el caso de La incursión, del español Antonio Cebrián, el final sorpresivo no lo es tanto y no genera, realmente, demasiada emoción, por no mencionar que todo el ambiente construido a lo largo del relato, con el paisaje del planeta hostil y la larga explicación de esa extraña forma de vida que son los macroeólidos, en realidad no tiene objeto. Es como si el autor hubiera adoptado la actitud de "Jo jo jo, qué vivo que soy" que le asigna a su personaje. Pero eso no es redituable en la vida ni en la literatura.

Bueno, vayamos a las luces.

Decía más arriba que entre los autores publicados por Axxón hay quienes, además de tener algo que decir, se esmeran realmente en el trabajo de la escritura. Es el caso de Gardini, a quien ya mencionamos, y también el de Germán Amatto, que con Círculos y engranajes produce una pieza bella y contundente, un cuento con valor literario más allá de su carácter fantástico, que sólo se evidencia cerca del final. Incluso acuña giros que dan muchas ganas de afanárselos, como "un miedo brillante le empapó la cara". Y la tensión no afloja nunca; en ese sentido, el cuento es tan perfecto como los relojes que le dan título.

También La muerte interior, de Claudio Amodeo, es destacable por su prosa, que más allá de algunas palabras desafortunadas ("otorgaban") se convierte en un elemento de la narración y nos ayuda a sentir esa imprescindible empatía con el protagonista. Que un cuento de sólo cuatro páginas y media produzca un pinchazo de emoción tan intenso es un signo de buena escritura, sobre todo cuando, antes de desarrollar el conflicto, tiene que introducir una raza y un paisaje extraños.

Ya por el final del libro aparece otra narración casi perfecta, El Guasón. Se puede decir de ella algo parecido a lo que decíamos de La muerte interior pero acá todo toma otra contundencia, otra forma. El trabajo con las palabras es intenso, la narración en sí lo es; la intriga del breve cuento (misma extensión que el de Amodeo) no es novedosa, pero funciona, guiada por el enganche emocional. Funciona, y se lo debemos al autor, Hernán Domínguez Nimo.

En un registro distinto opera, también muy meritoriamente, el cuento de Marcelo Di Lisio, llamado Pleamar. No se puede decir que la historia sea original, más bien todo lo contrario, pero la escritura es tan convincente que poco importa. (Transcribo el párrafo inicial, porque da el tono, aunque no sea el mejor de todos: "Vuelvo a la ciudad de Las Grutas como vuelvo cada noche de esas pesadillas en que una y otra vez te vas para siempre. Despierto aferrado al endeble recuerdo de las líneas de tu rostro, ese que poco a poco, noche a noche va desdibujándose en mi memoria dejando apenas estas hebras de sensaciones que me catapultan a la vigilia.") Tal vez los diálogos puedan mejorarse, pero el conjunto es más que aceptable.

El más divertido de todos los cuentos de la antología es Bumper Sticker y la Princesa Emplumada, obra del santafesino Andrés Diplotti. Bien escrito, sin demasiado artificio pero con estilo, el relato revela una creatividad destellante y utiliza acertadamente el recurso de mencionar criaturas o lugares extraños al pasar, sin aclarar jamás de qué se trata y tiñendo la historia de una atmósfera ligeramente exótica ("un local de mala muerte que ni siquiera tenía camarero: un guronte de pocas pulgas se lo había comido varios epiciclos atrás"). Se disfruta sin culpa.

Los cuentos de Eduardo Carletti, Claudia de Bella, Alejandro Alonso y el madrileño Miguel Ángel López Muñoz también valen la pena. El director de Axxón eligió La máquina para incluir en esta antología. Es una elección acertada. La idea del cuento es buena, la prosa correcta, y el hallazgo del autor es mantener el esfuerzo del protagonista como motor de la tensión del relato para sólo cerca del final, cuando ese esfuerzo termina, revelar el compromiso emocional que implica, la tensión mucho mayor que estaba oculta en él y que no habíamos adivinado. Salvación, de De Bella, es una joyita impecable y exquisitamente irónica. Rojo federal, el relato de Alejandro Alonso, desarrolla una hipótesis inquietante que entrelaza un viejo mito con algunos hechos de la historia argentina. En tanto que El Lántura, de López Muñoz, constituye una especie de brevísima fábula con moraleja.

El resto de las narraciones del Anuario se dejan leer. Se trata de Intoxicante, de Jorge de Abreu (venezolano él), que incluye una cita inicial y otra final que son misteriosas para mí; de Cassandra y el arquitecto, por el español Alfredo Álamo, donde se cuenta una historia entre tenebrosa y metafísica; de Juego de luces, escrita por Claudio Biondino y sin duda deudora de un par de novelas de Gardini; y de Jezabel, el cuento de Raquel Froilán García que incluye, definitivamente, la mejor apertura del libro: "El soldado no sabía que yo era la Muerte."

Como se ve, el Anuario es un libro doblemente interesante. En el sentido en que puede ser interesante cualquier libro, lo es por la calidad de algunas de sus narraciones; en el otro, y más allá de la voluntad de quienes realizaron el esfuerzo de editarlo, lo es porque pone en negro sobre blanco el estado de la ciencia ficción por estos lares, mucho más que algún ensayo sesudo. En ese sentido, también los deméritos de la antología son un mérito.

El paso siguiente, claro, es sumergirse en Axxón, que con veinte dieciocho años de existencia, casi la mitad de ellos en la Web, tiene material para meses y meses de lectura continua (suponiendo que usted, además de leer, se dedique a comer y dormir y acaso a trabajar). Porque el Anuario es un botón de muestra, pero es solamente un botón, y no hay que olvidar que en la ingente cantidad de material que no entró en la antología, pero está en la Red, hay verdaderas joyas narrativas. Eso sí, hay que buscarlas.

Sebastián Lalaurette

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