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Una idea devaluada
19/2/2003

 

La UCR es el único partido que eligió democráticamente a sus candidatos. Leopoldo Moreau llamaba así la atención sobre el único aspecto positivo de la vergonzosa interna que disputó durante más de dos meses con Rodolfo Terragno por la candidatura presidencial. Ya que Moreau lo menciona, cabe repasar un poco esa idea de la democracia como ejercicio del voto, en contraposición con los planteos de pluralidad y transparencia a los que las sociedades posmodernas someten a sus sistemas polìticos.

Entiéndase bien: hay un fuerte elemento de verdad en lo que dice Moreau, vencedor en los números y único candidato legitimado por el voto en un país donde hasta el presidente no goza de esa legitimidad. Pero su victoria no es precisamente una victoria de la democracia.

Por empezar, se trata de una victoria pírrica: a medida que pasaban los días, luego las semanas y finalmente los meses de indefinición, fue quedando en claro que quien resultara ganador lo sería al precio de sumir al radicalismo en una crisis inédita, aun más profunda que la que ya estaba atravesando, y de depreciar profundamente el valor de la candidatura misma. Si antes de la interna ambos candidatos podían aspirar, en un pronóstico optimista, a obtener el 5% de los votos en las elecciones generales, ahora todo indica que el elegido apenas arañará el 1%. Si hubiera que tomar la afirmación de Moreau al pie de la letra, tanto la UCR como su candidato deberían haber salido fortalecidos, capitalizando el impacto positivo de una interna realizada en tiempo y forma mientras el justicialismo se debatía en trenzas sin fin.

A propósito, la comparación implícita con el alucinado ajedrez que se desenvuelve en las filas del PJ para designar un candidato no es precisamente afortunada. Del justicialismo podemos esperar, hace varios años, tolerancia hacia formas antidemocráticas de practicar la democracia: tuvimos un presidente que se empeñó en forzar el texto constitucional todo lo posible para perpetuarse en el poder, un ciudadano que llegó a la presidencia ungido por menos de 300 votos, y ahora asistimos a la manipulación de las fechas y las formas que juega políticamente hasta con el cumplimiento o no cumplimiento de los fallos judiciales. Pero es la Unión Cívica Radical el partido que ha estrenado a fines del año pasado esta forma de desprecio hacia la transparencia. Con acusaciones mutuas de fraude y un presidente partidario dedicado al chantaje político, que luego de renunciar a su puesto emprende una campaña caudillista para inclinar el aparato provincial a favor de uno de los candidatos, no hay ninguna práctica de la que enorgullecerse, más allá del formalismo del voto. Relativizado, claro está, por la repetición de los comicios en algunas jurisdicciones: el resultado final es un mix de las intenciones de voto de diciembre en casi todo el país más las inclinaciones actuales de chaqueños y formoseños, que todo hace pensar que luego de la patriada de Rozas no son las mismas de antes. La ecuación arroja entonces un resultado fantástico, que es cualquier cosa menos transparente.

¿Democracia, entonces, como mero ejercicio del voto? No les creemos. Hará falta mucho más oxígeno en la política para poder creer afirmaciones como la de Moreau. Por ahora, lo importante es garantizar un proceso electoral en serio. Pero es sólo un tímido principio.

Sebastián N. Lalaurette



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