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Quién es quién
13/5/2003

 

Es una sorpresa refrescante y maravillosa la que nos proporcionan algunos libros, especialmente esas joyas que descubrimos por azar y que se convierten en parte de nuestro patrimonio secreto, ése que sabemos que muy pocos comparten con nosotros. Sucede con los libros de autores menos conocidos, por ejemplo, o con antiguos mamotretos de lomos polvorientos hallados en librerías de viejo. Yo tengo por ahí una Física del siglo XIX, un panorama singular de la ciencia en aquella época, explicada para jóvenes en los que se suponía (lo digo con dolor) un nivel de comprensión y una afición por la lectura totalmente extravagante para los jóvenes de nuestros días. Ingenua por sus evidentes falencias pero ejemplar por su sistematicidad y exhaustividad, esa Física me ha deparado horas y horas de interés y hasta alegría.

También ocurre eso con autores que descubrimos en los estantes de una librería común y corriente (no en las mesas, donde están las novedades, ni en la vidriera, donde están los bestsellers, sino en los estantes) y que sabemos que nunca alcanzarán la masividad suficiente como para que podamos conversar acerca de ellos con nuestra familia o nuestros compañeros de trabajo. A mí, esos libros me proporcionan un placer perverso (el de ser el dueño casi exclusivo de un conocimiento y una fruición privada) y dos pinchazos de pena: pena por el autor, que nunca estará en el podio de la literatura universal, y pena por el mundo, que se lo pierde.

De alguna manera, yo hago trampa, porque he encontrado una forma de sistematizar en parte estos hallazgos: están a montones, y gratis, en el sitio del Proyecto Gutenberg, donde obras maestras de la literatura universal se codean con libros olvidados por el tiempo pero rescatados por quienes los disfrutaron. Esta vez tropecé con el Who was who from 5000 BC to date, compilado por Irwin L Gordon, una deliciosa reunión de más de quinientas minibiografías, escritas en tono sardónico algunas, con un humor inocente otras. Ya desde el subtítulo se advierte el tono del libro ("Diccionario biográfico de los famosos y de quienes quisieron serlo") y en la introducción, junto a un descargo estándar, se advierte que "Bajo ninguna circunstancia se pelearán duelos" con quienes se sientan ofendidos por el contenido de sus páginas.

No puedo resistir la tentación de transcribir algunas entradas:


ALADINO, de Alguna Parte. Un anciano que poseía una lámpara y un genio con el que podía asegurarse cualquier cosa que hoy pueden comprar un norteamericano millonario o una actriz.

GALILEO, inventor, observador de estrellas. Se demostró un imbécil al declarar que el mundo giraba cuando todo el mundo sabía que estaba quieto. Fabricó la primera lente, un instrumento que desde entonces se ha usado en teatros y para varios otros propósitos. También descubrió que los relojes están equipados con péndulos.

NEWTON, Isaac. Un hombre que fue nombrado caballero por proponer la teoría de que es más fácil esperar bajo un árbol que caiga una manzana que trepar para agarrarla.

OTELO, de Venecia. Nacido en Marruecos. Fue a Venecia y se enamoró de una tal Desdémona, una chica italiana. Se casaron. La señora de Otelo perdió uno de sus pañuelos favoritos y fue muerta por su enfurecido esposo. Shakespeare, de Inglaterra, un escritor, se enteró del incidente y lo aprovechó para hacer un poco de dinero.

QUIJOTE, Don. Famoso caballero errante de España. Hizo algunas desesperadas conquistas para su amada, y fue vencido por un molino. En todas sus derrotas, sin embargo, mostró al mundo que la risa corta más que la espada, y que la sátira puede matar allí donde una lanza no penetra. La palabra quijotesco se usa en su memoria.

SÓCRATES. Ayudó a introducir el cerebro en Grecia. Se suicidó.


No sé quién era Gordon ni por qué compiló el Who was who, pero cada tanto me gusta echarle una ojeada, seleccionando algunos nombres al azar. Me pregunto a quiénes hubiera elegido Gordon si hubiera sido nuestro contemporáneo y compatriota. ¿Qué diría la entrada de Perón, o la de San Martín, o la de Borges? ¿Qué características destacaría en Kirchner o en Menem, a quien los periodistas, carentes de sentido de la distancia, hemos retratado de miles de maneras? ¿Qué le llamaría la atención en Maradona, en Gardel o en Norma Kennedy? A la deriva en un tiempo tormentoso, no podemos mantener, usualmente, la perspectiva, y solemos magnificar aquello que en cinco años quedará definitivamente olvidado, o pasar por alto lo que llamará la atención de los historiadores, o incluso satiristas del futuro.

Es un refrescante ejercicio ir armando las entradas de estos y otros personajes, suprimiendo lo accesorio y rescatando lo llamativo o lo trascendente, siempre con ese humor desmitificador que nos puede acercar tanto al pasado remoto como a nuestro propio presente.

Se aceptan propuestas.

Sebastián N. Lalaurette



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