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¿Estamos preparados para ayudar?
2/8/2003

 

 

En esta oportunidad, la columna está escrita especialmente para ser leída por periodistas. Aunque, si no lo sos, a lo mejor te resulta interesante pensar en algunas cosas que estoy planteando como autocrítica personal y para la profesión. En todo caso, adelante.

 

Supongo que estas cosas siempre suceden "una tarde como cualquiera". Lo cierto es que eso era esa tarde en la pequeña oficina en la que trabajo: una de las corresponsalías de un diario de circulación nacional. Abrí la puerta y me encontré con una mujer de unos treinta años (tal vez menos), ropas raídas y un bebé muy pequeño, de apenas unos meses, en brazos. Formaban un conjunto prácticamente indivisible: la manta de Mónica (así dijo llamarse) se fundía con la ropa de lana del bebé, que dormía pacíficamente, asomando sólo su carita arrugada entre la ropa que lo envolvía.

Mónica necesitaba leche. Leche maternizada, dijo, para su bebita. No tenía un centavo y prácticamente no tenía un lugar donde quedarse: ni siquiera quiso darme la dirección de la pensión que ocupaba, y de la cual estaban a punto de echarla. No sé cuánto tiempo hacía que ella no comía. Pero lo importante era la leche, leche para su bebita.

Tampoco sé por qué se le ocurrió acudir al diario en busca de ayuda. Supongo que mucha gente ve en los diarios, todavía, una poderosa fuerza que puede sacar de apuros a cualquiera con un pase mágico. Durante un par de minutos no caí en la cuenta de que el pedido de Mónica era urgente. Pensé que quería publicar una breve solicitando una donación, lo cual era algo factible, aunque ella sólo se representaba a sí misma. Le pedí los datos de la bebita, los suyos y el detalle de lo que necesitaba. Le pedí una dirección a la que la gente pudiera enviar su donación. No tenía ninguna. Si alguien la visitaba, dijo, al día siguiente estaría en la calle. No sé si era cierto o estaba exagerando, pero no podía indagar más.

--Si no me das una dirección, la gente no va a saber adónde mandarte la leche --le dije.

Dijo que no estaba ahí por una breve. Dijo, con sus palabras y sus rodeos, que necesitaba que alguien la ayudara en ese mismo momento. Que necesitaba leche maternizada, que era cara y que no podía pagarla.

Tuve uno de esos momentos de revelación. No fue agradable: me sentí un estúpido. Me di cuenta, ahí mismo, enfrente de su mirada triste y urgente, de que no sabía qué hacer. No sabía adónde enviarla, a quién llamar, qué persona o institución podía encargarse de ayudarla. Hay decenas de comedores en la zona, pero no conocía la dirección exacta de ninguno. Ni el teléfono. Ni el nombre de su responsable. Ni siquiera sabía si algún comedor contaba con leche maternizada. Le dije que esperara y me lancé a una búsqueda en Internet: empecé por el Banco Alimentario, seguí por otras organizaciones, pregunté a mis compañeros. Encontré poco y nada. Tardé media hora en conseguir el teléfono de una persona que tal vez podía tener algo que ver con la solución al problema de Mónica, pero no estaba seguro porque esa persona no estaba en su casa. Finalmente decidí que era lo máximo que me permitía hacer mi desorientación. Le di ese número a Mónica, diciéndole que era importante que consiguiera, además de la leche, un comedor cercano, para paliar su situación de una manera sostenida. Esta persona no está, le dije, pero cuando la encuentres comentale tu problema y seguramente te va a ayudar.

Lo único que pudimos hacer mis compañeros y yo fue darle algo de plata para contribuir al costo de la leche que necesitaba. No era una solución permanente, pero al menos podíamos contribuir a resolver su necesidad del momento. Después se fue, con el número de teléfono y las monedas que juntamos. Su mirada triste no había cambiado, por supuesto.

--Suerte --le dije, y cerré la puerta mientras ella comenzaba a bajar las escaleras. Volví al trabajo. Pero no pude despegarme de esa situación ni por un momento. Había empezado la otra etapa: la de mi propio autocuestionamiento. No me gustó lo que pensé en ese rato acerca de mí mismo.

Si un desconocido se me acerca en un momento cualquiera, diciéndome que su hijo tiene hambre y no puede darle de comer, y necesita una solución ya y el Estado no se la da, ¿estaré preparado para ayudarlo?

Pues bien, sucedió. Y quedó en negro sobre blanco: no estoy preparado para ayudar a ese desconocido que no tiene tiempo que perder y que ha recurrido a mí. No tengo ni los teléfonos esenciales ni el conocimiento mínimo indispensable para resolver rápidamente el problema de esa persona. Como periodista, como periodista argentino, debería saberlo. Todos nosotros deberíamos conocer las redes de contención social como si fuéramos indigentes.

Si mañana perdemos las llaves de nuestras casas y nos quedamos en piyama en medio del frío, sin un centavo siquiera para llamar por teléfono ni un pariente que nos pueda dar una mano, deberíamos poder sobrevivir fácilmente. Deberíamos saber adónde ir, con quién hablar y cómo movernos para asegurarnos un techo y un plato de comida. Deberíamos poder sobrevivir mucho mejor que Mónica: somos periodistas y se supone que ése es nuestro trabajo. Pero, en mi caso, no podría hacerlo aunque en el bolsillo del piyama tuviera mi agenda con sus 1.300 teléfonos.

Yo no podía dedicarle toda la tarde a Mónica ni ella podía esperarme toda la tarde a mí. Ella necesitaba que yo escuchara brevemente su historia, marcara el número correcto, hablara dos minutos y le diera un papelito con la dirección a la que tenía que ir. Lo que se llevó, después de media hora, fue el teléfono de alguien que no estaba en su casa, que a lo mejor volvía y que tal vez pudiera ayudarla, con suerte en el mismo día.

Por supuesto, pienso remediar esa falencia en los próximos días; pero ya perdí mi oportunidad de oro, la de ayudar a Mónica. Escribo esto para que haya menos desprevenidos como yo. Estén listos, por favor, para el día que alguien como Mónica toque a sus puertas. Podría ser hoy.

Sebastián N. Lalaurette



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