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Poner y sacar
17/12/2004

 

La sucesión de tres descabezamientos notables, dos en ámbitos oficiales y uno en una organización no gubernamental de hasta ahora gran prestigio, nos recuerda que, a pesar de todos los matices que podamos encontarle al tema, la fuerza de los medios es innegable y moldea no sólo las acciones de gobierno, sino también la composición de los propios gobiernos. Montados en valores sostenidos por la opinión pública, pero también creados por la propia esfera mediática, los diarios, la radio, la televisión y las revistas pueden llevar a despidos y renuncias.

Dos de esos sucesos ocurrieron durante la misma semana y fueron causados por sendas notas de la misma revista: TXT. Mario Rejtman Farah, hasta entonces titular de la organización Poder Ciudadano, y Torcuato Di Tella, en ese momento secretario de Cultura de la Nación, abdicaron luego de que la publicación pusiera en evidencia, en el primer caso, una incoherencia entre hechos e ideales muy parecida a la hipocresía, y en el segundo, una propensión al exabrupto reñida con la diplomacia que, supuestamente, debería reinar en el seno de los gobiernos.

La dimisión de Farah tuvo lugar luego de la publicación de una nota que lo acusaba de haber cobrado durante una década entera una jubilación correspondiente a un régimen especial; es decir, una jubilación "de privilegio", como se conoce habitualmente a este tipo de beneficios. No se trata de algo ilegal, pero, irónicamente, durante la presidencia de Farah, Poder Ciudadano llevó adelante una fuerte campaña destinada a abolir esa clase de regímenes jubilatorios, que muchos consideran injustos y reñidos con la ética.

Previsiblemente, al ser consultado por la prensa, Farah destacó que sus haberes son un derecho legítimamente adquirido. Es cierto, pero francamente, liderar una campaña contra las jubilaciones de privilegio cuando uno ha sido un jubilado de privilegio durante diez años... El hombre no duró al frente de la organización, cuyos integrantes admiten que ya no gozan de la envidiable credibilidad que había caracterizado a Poder Ciudadano hasta hace muy poco tiempo.

Otra importante cabeza cayó esa semana, esta vez en el seno del propio gobierno nacional. El secretario de Cultura presentó su renuncia luego del escándalo provocado por declaraciones que formuló en una entrevista concedida a TXT. En esa conversación, entre otras cosas, Di Tella manifestó su soberano desinterés por ocuparse de quién sería "la pelotuda o puta" que se hará cargo de la titularidad del Fondo Nacional de las Artes. Resulta difícil pensar que no se refería a Nacha Guevara, quien fue propuesta para el cargo hace meses. El incendio fue instantáneo.

Di Tella optó, digamos, por la vía arriesgada. En lugar de bajar el perfil e irse sin demasiada alharaca, acusó a su entrevistadora de haberlo engañado, transcribiendo como entrevista lo que en realidad era una conversación informal. Y recurrió a un truco bastante primitivo: dijo que la periodista había falseado sus dichos, tal vez en la esperanza de que la chica ya hubiera usado el cassette con la conversación para grabar encima otra entrevista. El (aún) secretario argumentó que sólo había hablado de la puta pelotudez de ocuparse de ciertos temas. No le sirvió: el cassette con la entrevista completa se encontraba en buen estado y sus expresiones se aprecian claramente en la cinta.

El tercer caso fue el despido hecho y derecho de Oscar Beauvais, jefe policial del distrito de La Matanza, el mayor y probablemente el más complejo de la provincia de Buenos Aires. Como en el caso de Di Tella, su caída se debió (aunque las autoridades lo nieguen) a una serie de afirmaciones osadas de las que no suelen aparecer en los medios. Esta vez, aparecieron. Fue en la revista Poder y las lindezas incluyeron calificar de "perversa" a Hilda González, esposa de quien se hiciera cargo de la presidencia por designación legislativa en 2002, y de "autoritario" al actual presidente. Beauvais también dijo que el ministro de Seguridad que luego lo echaría, León Arslanian, es "un hombre bienintencionado" pero "está sentado en una silla eléctrica".

Para su desgracia, hace apenas cuatro días se cumplieron treinta años desde que egresó de la escuela policial Juan Vucetich. A partir de ese tiempo, los policías pueden ser pasados a retiro sin más trámite por el ministro de Seguridad provincial. Fue lo que sucedió y, claro, el cumplimiento de la antigüedad en la fuerza fue la excusa oficial.

Su despido y las dos renuncias forzadas tuvieron un elemento en común: la revelación a través de los medios de comunicación de lo incómodo y lo inapropiado. Es difícil pensar que en el caso de Beauvais, por ejemplo, o en menor medida en el de Di Tella, el pecado haya estado a la altura de las consecuencias: una reprimenda, incluso pública, tal vez hubiera bastado. Pero, cuando el pecado se imprime, todo cambia.

Sí, el periodismo puede poner y sacar ministros, comisarios y referentes éticos. ¿Está bien? Es difícil decirlo. Los casos de Di Tella y Beauvais tuvieron más que ver con el temor a la devaluación de la imagen de sendos gobiernos que con el costado moral indudablemente presente en el caso de Farah. Pero así es el ecosistema de la sociedad mediática, donde la supervivencia no depende sólo y ni siquiera principalmente del talento o la idoneidad, sino sobre todo de la adecuación de la propia imagen a los parámetros de lo aceptable en la mente colectiva de la opinión pública.

Sebastián N. Lalaurette

 



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