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La República de los Puros
11/11/2003

 

Un asedio pertinaz se ha lanzado sobre un enorme grupo social, repartido a lo largo y a lo ancho del mundo, con armas formidables.

Los atacantes son variopintos: por derecha y por izquierda embaten una y otra vez desde el establishment y desde las organizaciones alternativas, desde los parlamentos hasta los clubes de barrio.

Los arietes son múltiples, pero el más temible es la ciencia, esa fuerza que cambió la faz del mundo y llegó a ponerlo al borde de la destrucción. Ante ella poco hay que decir; es prácticamente inapelable.

Se le suman el derecho, instrumentado por autoridades de todos los calibres, y el sentido común, que hace que el derecho sea aceptado por casi todos.

¡Basta de misterios! Es hora de introducir a las víctimas. Tienen todas las formas y colores; sus edades varían tanto como sus actitudes. Son los miembros de esa raza cada vez más repudiada que, sin embargo, se resiste ferozmente a la extinción: son los fumadores.

Como una comarca bajo constante ataque, su territorio se ha ido reduciendo para ceder lugar a la república de quienes abogamos por un mundo sano. Trazar el mapa de lo que han perdido es una tarea escalofriante.

Incluso uno de los nombres de su placer ha quedado desprovisto de sentido: nadie puede hoy fumarse un puro.

Llamar "puro" a algo que contamina, enferma y mata a su portador, y perjudica a los que lo rodean suena a contradicción. República de los Puros es hoy el nombre del enemigo que los acorrala y los empuja a la desaparición.

Hasta los paquetes de cigarrillos, que en otro tiempo invitaban abiertamente al placer sin ninguna advertencia en contrario, incluyen un mensaje desmoralizador acerca de las consecuencias de fumar sobre la salud. El mismo objeto del deseo incluye el castigo moral, presente desde siempre en la palabra "vicio", pero reforzado por la ley que se hace presente en el micromundo de la cajetilla.

Por supuesto, el recorte más notable y doloroso para los fumadores es el físico. Han perdido terreno. Ya no se puede fumar en ciertos edificios, en ciertos vagones de tren o en ciertas áreas de la mayoría de los restaurantes.

Fumar, finalmente, está mal visto. Aquello de las "drogas aceptadas socialmente" ya no se aplica al tabaco. Encender un cigarrillo en público se ha convertido en una operación peligrosa: quien lo hace se expone a entrecejos fruncidos y hasta reproches. Es común que quienes lo rodean censuren su actitud: "Disculpe, ¿podría apagar el cigarrillo?" es una frase tan cortés como irrefutable, y por eso devastadora.

Hay muy buenas razones para objetar el hábito de fumar, y las mejores vienen de la ciencia, a quien ya sindicamos como el enemigo más letal de la Comarca de las Impurezas Pulmonares.

El argumento más fuerte dice que el que fuma habitualmente enferma a los demás. Un grupo de investigadores argentinos acaba de confirmarlo: los hijos de los fumadores, dicen, absorben tanta nicotina como sus padres, aun sin ponerse jamás un cigarrillo en la boca.

Hay razones, sí, para que la casta de los puros se imponga sobre la comunidad de los aspiradores de humo.

Nada borrará, sin embargo, la nostalgia por ese tiempo dorado en que encender un cigarrillo era un acto bendecido por las estrellas más glamorosas de Hollywood.

Ese tiempo se perdió en la bruma del pasado, como envuelto en un anillo de humo, lanzado por la boca extrañamente sensual de Marlene Dietrich.

 

Sebastián N. Lalaurette
Agencia MP

 



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