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18/2/2014

Lo de Woody Allen

Al momento de empezar a escribir estas líneas han pasado (increíblemente) sólo dos semanas desde la carta abierta que Dylan Farrow, la hija adoptiva de Woody Allen, publicó en el blog de Nicholas Kristof, del New York Times, reiterando la acusación de que el cineasta abusó sexualmente de ella hace veintiún años, cuando Dylan tenía siete. Imposible dar cuenta de todo lo que se ha dicho y escrito sobre el tema, pero, para quienes no están del todo informados, aquí va una lista de enlaces a los textos más relevantes:

Cabe señalar que todos estos textos refieren a algo de lo que prácticamente nadie en el mundo, excepto tal vez dos personas, tiene experiencia directa. Sería imposible, por lo tanto, hacer juicios taxativos sobre lo que ocurrió o no ocurrió en aquel ático (¡y se han hecho, sin embargo, hasta el cansancio!). La sucesión de argumentos y contraargumentos, incluyendo el cuestionamiento de las pruebas presentadas por uno y otro lado, hacen que todo el asunto quede teñido de incertidumbre. Lo único que nos queda es echar mano de la duda, esa amiga fiel, y pensar en qué explicaciones podrían acreditar, y qué consecuencias podrían extraerse de, las distintas posibilidades del caso.

1. El círculo fatal

"Hollywood empeoró esta tortura. Todos, menos unos valiosos pocos (mis héroes), hicieron la vista gorda", dice Dylan en su carta abierta. "Para la mayoría fue más fácil aceptar la ambigüedad, decir 'quién puede saber lo que pasó', hacer como si no hubiera pasado nada malo." Más adelante: "¿Y si hubiera sido tu hija, Cate Blanchett? ¿Louis CK? ¿Alec Baldwin? ¿Y si hubieras sido vos, Emma Stone? ¿O vos, Scarlett Johansson? Vos me conociste cuando era una chiquita, Diane Keaton. ¿Te olvidaste de mí?" Todo esto es pedirles demasiado a personas que no tuvieron nada que ver con lo que supuestamente pasó, que, como nosotros, no estuvieron en ese ático: es pedirles que acepten como verdad que Woody Allen abusó de Dylan cuando era pequeña. Sólo a partir de ahí se les puede criticar la actitud de "aceptar la ambigüedad", que es, en realidad, saludable ante la incertidumbre.

A Dylan, si es víctima, se la puede excusar de caer en esta injusticia: en ese caso ha sido víctima de una mucho mayor (por culpa de su abusador y también de quienes debieron perseguirlo y fallaron: más adelante hablaré de esto) y habla principalmente desde la emoción, desde la bronca de no haber tenido justicia jamás. En esas circunstancias nadie se pone a ponderar actitudes con balanza electrónica. Pero no es ella la única que zamarrea las reglas del juego. Toda esta polémica se ha servido de los bríos de un viejo enemigo del pensamiento que se resiste a morir. Se trata de la apelación a la emoción por sobre la razón, que pretende llevarnos a aceptar algo no por su solidez lógica sino por estar del lado de los buenos, o porque llevar el pensamiento por otros rumbos bordearía una zona presuntamente terrible. Es un antídoto poderoso contra la capacidad de razonar.

En este caso se nos invita a aceptar como verdadero a priori el relato de Dylan, so pena de quedar en el "bando" de los pedófilos y abusadores; poner en duda que ese relato sea verdadero, insistir en la presunción de inocencia, se vuelve automáticamente sospechoso.

Cada vez que se acusa a quienes rehúsan sacar conclusiones sobre lo ocurrido de "culpabilizar a la víctima" se está arrojando la razón a ese círculo fatal. Cada vez que alguien se pregunta qué significa defender a Woody Allen está adelantando la conclusión basándose en la conclusión misma. En palabras de Eric Sasson, estos opinólogos "tienen todo el derecho de ponerse del lado de Farrow, pero están usando su carta como única pieza de evidencia para condenar a Allen en la corte de la opinión pública" y "no expresan siquiera el más leve deseo de indagar en el asunto". Sasson habla de colegas suyos (columnistas de medios digitales), pero el fenómeno es generalizado: si la "corte de la opinión pública" existe es porque este discurso cualquierista, esta condena automática sin aspiración al conocimiento, cunde entre el público en general. Está claro que hablar sin saber es una de las actividades más populares en todo el globo.

"Yo creo que fui abusada cuando era chica. Lo tengo bloqueado." Esta extraña declaración (que pasa de la posibilidad en la primera oración a la certeza en la segunda) me la hizo una muchacha de veinte años en circunstancias que no vienen al caso. Pensé en lo que implicaba vivir con esa idea durante toda tu adolescencia, en el proceso que podría haber llevado a su formación; en la posibilidad de que tuviera su origen no en un evento real sino en el continuo bombardeo de juicios y suposiciones producido en el ámbito familiar. La versión de Allen es que algo así podría haber pasado con Dylan. No lo sé; se trata, claramente, de una cosa distinta, porque ella dice tener un recuerdo claro y concreto de lo que ocurrió, pero me pregunto si se puede descartar de plano la posibilidad. Imagino que no.

El camino del infierno, dicen, está empedrado de buenas intenciones (o algo así). Es obvio que quien anuncia en alta voz que jamás volverá a ver una película de Woody Allen para no entregarle su atención, su dinero o su apoyo implícito a un pedófilo no busca otra cosa que exteriorizar un deseo de justicia. El problema es que no está para nada claro que lo que dice Dylan Farrow realmente haya ocurrido. De ambos lados hay suficientes elementos para poner en duda el relato del lado contrario. Arribar a una conclusión condenatoria en un asunto del que nada se sabe, impugnar la duda como actitud sospechosa, es condenar e impugnar la práctica del pensamiento mismo, una actitud más propia de la Inquisición que de una democracia que se asume como tal.

2. Dos películas

Retomando la idea del principio, aunque no podamos saber realmente lo que pasó en ese ático, y sin más herramientas que la información públicamente disponible y lo que (contenciosamente) podríamos llamar sentido común, resulta interesante y hasta importante considerar algunos elementos del caso. Pero se impone considerarlos desde la incertidumbre, lo que, aquí, significa considerarlos tanto desde la "perspectiva Farrow" (Woody Allen abusó de ella ese día) como desde la "perspectiva Allen" (no existió tal abuso). Hacerlo así permite ver cuán endebles pueden ser algunos argumentos que a primeras oídas suenan firmes.

En primer lugar está la famosa visita. Cabe subrayar que el supuesto abuso habría tenido lugar en la casa de Mia Farrow, donde vivía Dylan pero no Allen, quien ya hacía un tiempo había iniciado su relación con Soon Yi Previn, y por lo tanto ya no era la pareja de Mia. La acusación sostiene que Allen abusó de Dylan en un intervalo de quince o veinte minutos durante aquella visita, en un ático del segundo piso, adonde él nunca iba por ser claustrofóbico. Aparentemente el cineasta había estado en terapia por su actitud poco apropiada hacia Dylan, pero nunca hasta entonces había abusado de ella. ¿A quién se le puede escapar el carácter cinematográfico de este relato? Tenemos, por un lado, al victimario, al hombre en cuya mente anida un impulso monstruoso, y a la familia aparentemente feliz que está a punto de destrozarse; la trama se espesa con sucesivos indicios de que el hombre se propone abusar de su víctima, señales de alerta que son advertidas por la madre (al parecer Allen hizo terapia un tiempo por su actitud "inapropiada" hacia Dylan); luego, el punto de quiebre, cuando un acto aberrante para la mayoría (la relación de Allen con Soon Yi Previn) termina de romper el cuadro familiar; el drama judicial por la custodia de los hijos de sangre y adoptivos; y el clímax, con la visita del monstruo al antiguo hogar, ahora territorio enemigo, y la comisión final del abuso, la liberación del instinto criminal en la última oportunidad posible, cuando ya todas las cartas están jugadas, el ahora o nunca de un ser oscuro y violento. Ni la claustrofobia ni la posibilidad de ser descubierto en la casa llena de gente importan: está decidido, debe descargar su ira, su frustración y su impulso malsano en esa criatura inocente.

Pero también puede que se trate de otro tipo de película. A lo mejor Allen realmente tenía una fijación impropia con Dylan pero nunca la llevó a los hechos. A lo mejor no la tenía y sólo hizo terapia a pedido de Mia. No lo sabemos. Pero en este otro relato, contado desde la "perspectiva Allen", las cosas transcurren por carriles menos dramáticos y aun así tristemente habituales. En esta película hay una pareja que se rompe y el centro de la trama es la larga batalla por la custodia: hay rencor, acusaciones de uno y otro lado, amigos que toman partido por uno u otro, y en medio de la disputa, la denuncia de abuso. En este caso la madre elige como escenario la única oportunidad disponible, la visita en que el supuesto victimario y la niña estuvieron juntos por un rato, por implausible que pueda parecer ubicar el hecho en ese momento superpoblado y hostil. Necesita un argumento para ganar definitivamente la custodia, para no ver a ese tipo nunca más. Hace lo que tantas mujeres hicieron y hacen en la vida real en sus circunstancias: una denuncia falsa. La chiquita, impresionable y necesitada del cariño maternal, termina por creer que lo que ella dice realmente ocurrió.

Después del clímax vienen una serie de peripecias que son las mismas en ambos casos. El examen de la niña por el pediatra, la intervención del panel de especialistas, la destrucción del informe, las declaraciones de ambas partes, el juez que reprende al hombre y le niega la custodia, el fiscal que decide no presentar cargos. Son elementos propios de cualquier disputa de este tipo y pueden ser interpretados de manera diferente según se quiera apoyar una u otra posición.

El informe, por ejemplo, está altamente teñido de sospecha: que las notas de los especialistas hayan sido destruidas es muy llamativo y aparentemente irregular. Pero no toda objeción es igualmente relevante. Dylan subraya que quien firmó el informe nunca habló con ella, y esto, que suena arbitrario, podría no serlo tanto: los integrantes del comité vieron los videos grabados por Mia en los que Dylan (aparentemente) cuenta cómo fue vejada por Allen. Digo "videos" porque el material (que nunca he visto, quiero aclarar) está en partes, no es una grabación continua y nunca sabremos qué ocurrió entre toma y toma. Esto en sí mismo es un elemento de sospecha que Allen atribuye a la repetida intervención de Mia Farrow para suministrarle a la niña un "libreto": ella también estaba filmando su película. El panel concluyó que lo que mostraban las imágenes era probablemente el testimonio de una pequeña inducida por su madre a hacer un relato particular. De manera que los especialistas pueden haber decidido que no hacía falta entrevistarse con ella, lo que, dicho sea de paso, no sería necesariamente un signo de negligencia sino una decisión destinada a preservar a la pequeña. Generalmente se intenta limitar al mínimo la exposición de los chicos a estas entrevistas en que deben revivir su trauma, especialmente si aún no hay una denuncia policial ni una causa judicial abierta. Se trata de recoger toda la información posible antes de tomarles testimonio a los chicos y de hacer esto, en lo posible, una sola vez. Lo que desde un punto de vista parece un proceso de ocultamiento o una muestra de desida puede verse, desde la otra perspectiva, como la labor cotidiana de gente que está acostumbrada a trabajar con esos materiales.

Así como la destrucción arroja dudas sobre el informe y la edición arroja dudas sobre el video de Mia, también los argumentos basados en la prueba del polígrafo son difíciles de aceptar. Es verdad que Woody Allen se sometió al detector de mentiras, pero la prueba no la hizo la policía sino por un experto contratado por sus abogados. Mia Farrow, por su parte, rechazó someterse a la prueba. Más allá de que el polígrafo no sea un aparato mágico y que nunca pueda tomarse como determinante de la veracidad del sujeto sometido a prueba, parece plausible que el rechazo a pasar por el detector indique que algo se quiere ocultar (no necesariamente el delito del que lo están acusando a uno). Cabe señalar que este sayo les cabe tanto a Allen como a Farrow. De todas maneras, repetimos, como no había causa judicial por el presunto abuso, todas estas "pruebas de parte" están teñidas de informalidad y su valor probatorio es muy cuestionable.

Después están los testimonios de los adultos. Tres abonan la teoría del abuso; uno, la de la denuncia falsa. Imposible saber a quién creerle. Entre quienes corroboran el relato de Mia Farrow hay dos niñeras (al menos una ajena a la familia) y un tutor de los hijos de Mia. Del otro lado hay una niñera que dice que Farrow la presionó para que ella dijera lo mismo, pero se rehusó. La niñera trabajaba en la casa, pero quien le pagaba era Woody Allen. ¿A quién debían lealtad estos adultos? ¿Quién podría haberlos presionado más fácilmente? La ausencia de un marco institucional para estos testimonios, todos hechos privadamente, dificulta sopesar su validez.

¿Qué trama oscura revela esta seguidilla de materiales cuestionables, de negativas, de testimonios contradictorios entre sí? Probablemente lo de siempre. Son incontables los litigios de custodia en los que los padres/madres pretenden ganar produciendo pruebas "privadas", filmando a sus hijos, sometiéndose a tests no supervisados por ninguna autoridad, convocando a médicos para que firmen cosas coincidentes con su relato. Estos elementos pueden ser tomados en cuenta o descartados en el momento de la verdad (el trámite judicial) pero también pueden viciar el proceso al alterar los resultados de las pruebas "bien" hechas. Es la triste realidad de disputas en las que las partes, movidas por el amor a sus hijos, dejan de lado la ética y entran a darse con todo lo que tienen. Este caso no parece diferente.

3. El no dilema del bombero

Si Woody Allen resulta ser inocente, llegamos aquí al verdadero villano de esta historia. Si Woody Allen es culpable, conoceremos a un villano menor, a una pieza indispensable en el proceso de impunidad.

Supongamos que un bombero responde a un llamado por una mansión que se está incendiando. Al llegar al lugar descubre que todo el piso superior está en llamas; la planta baja, con sus carísimos muebles y cuadros, sus delicadas alfombras, sus molduras, aún está intacta. El bombero toma la manguera y... duda. ¿Hace algo o no hace nada? Se pregunta si debería optar por no apagar el incendio para que el agua no arruine los muebles de la planta baja.

Ridículo, ¿verdad? Hay preguntas que un bombero no puede hacerse. Las respuestas vienen con el oficio. Por ser bombero, un bombero sabe que su trabajo es apagar el fuego, y que la condición de los sillones y los cuadros de la planta baja es irrelevante. Si él no hace su trabajo, igual todo se arruinará, por el fuego y no por el agua; y si no, igual está claro lo que debe hacer. La idea de no hacerlo ni siquiera puede pasar por su cabeza. De lo contrario, no podría ser bombero.

Parece mentira que haga falta aclararlo, pero sí, hace falta: en una democracia que se precie, la mayor defensa ante la arbitrariedad y la injusticia es la garantía de un juicio justo. Es decir, en toda democracia que se precie existe un sistema altamente codificado para la recogida de pruebas, la acusación, la defensa y el juzgamiento de posibles delitos. Existe algo llamado presunción de inocencia, pero las garantías no se acaban ahí, porque la presunción no basta si las pruebas nunca se registran o contrastan, si ningún tribunal contempla el caso: entonces la sospecha no se disipa nunca. Y por supuesto, en el caso de que el reo sea culpable, la ausencia de un proceso justo garantiza que jamás se llegue al castigo y, por lo tanto, no se haga justicia.

Este proceso se pone en marcha, institucionalmente, con la acusación. Es decir, no basta que una denuncia llegue a la policía o se propague por los medios de comunicación: hay una instancia que se ocupa de tomar esas denuncias y proseguirlas si es que tienen mérito, o desestimarlas en caso contrario. Esta función la cumplen generalmente los fiscales. Los fiscales representan el interés público en investigar los posibles delitos, acusar a sus presuntos responsables y llevarlos a juicio.

Frank Maco tenía este trabajo, y no lo hizo.

Repetimos algo que decíamos más arriba: nunca hubo una acusación judicial contra Woody Allen por el supuesto abuso. Esto lo privó para siempre de sacudirse de encima la sospecha y la condena pública en caso de ser inocente; si es culpable, esto dejó a Dylan Farrow privada para siempre de la posibilidad de hacer justicia.

Todos los elementos dudosos que citábamos antes (el video de Mia, el informe destruido, la prueba del polígrafo, los testimonios encontrados de las niñeras) podrían haber sido revisados por una corte judicial. Podría haber habido una entrevista "en serio" a Dylan. Podría haberse citado a muchos más testigos. Podrían haberse hecho pruebas de polígrafo controladas por expertos designados por un tribunal. Podría haberse indagado con precisión en lo que ocurrió aquel día. Todos los vicios introducidos en la disputa por las partes podrían haber sido desentrañados en tiempo y forma. Pero no. Maco sencillamente no dio el necesario puntapié inicial para este proceso.

¿La razón? Según dice el fiscal, él tenía indicios suficientes como para acusar, pero no lo hizo para proteger a Dylan, por su estado de "fragilidad".

Esto no tiene ningún sentido.

Al igual que en el ejemplo del bombero, también en el caso de un fiscal hay respuestas que vienen con el oficio. Cosas que un lego podría preguntarse sobre un caso criminal jamás podrían hacer pie en la cabeza de un fiscal que se precie. Un fiscal que se precie no puede preguntarse seriamente si no convendría desistir de acusar a quien abusó de un menor (si hay indicios razonables) para evitarle a ese menor el trauma de pasar por un juicio. Como los muebles de la planta baja, la estabilidad de ese menor se verá afectada igual, más adelante, por la ausencia de justicia, por el trauma continuado de saber que la horrible vejación quedará impune.

Sea como fuere, Frank Maco fue una pieza esencial para garantizar que nunca sepamos lo que pasó; para que no haya justicia en un sentido ni en otro. Porque decidió no hacer su trabajo. O a lo mejor (podemos especular con alguna probabilidad de acierto) hizo su trabajo y concluyó que no, que realmente no había indicios de peso para formular la acusación, en cuyo caso su declaración de que sí los había resulta desgraciada y se parece más a una apelación mediática y lo de la "fragilidad" de Dylan a una excusa para quedar bien con Dios y con el diablo.

Nótese bien que el cargo que le hago a Maco no es el mismo que le hace Woody Allen, pero tampoco es incompatible. El director lo acusa de haberse ensañado con él y de haberlo perseguido sin razón suficiente. Dado que finalmente Maco desistió de acusarlo, el escenario parecería ser el opuesto... a menos que reparemos en la discrepancia entre lo que dijo (que había causa probable) y lo que hizo (nada). Entonces cobra fuerza la idea de una ofensiva mediática que no podría extenderse al ámbito judicial por lo endeble del caso.

4. La corte

El punto no es, por supuesto, tratar de desentrañar los hechos (¡imposible!), sino advertir algo sobre nosotros mismos. Posiblemente no haya nada nuevo que decir, sin embargo. La "corte de la opinión pública" de la que habla Sasson no se constituyó ahora, viene funcionando hace tiempo, y sus mecanismos básicos son conocidos. Pero a lo mejor es posible algún tipo de exploración.

Cabe preguntarse, por ejemplo, por la autenticidad del sentimiento de indignación que disparan estos casos. No puedo evitar la sensación de que hay siempre algo impostado en la manifestación, algo parecido a lo que ocurre cada vez que se produce una "ofensa" a la creencia religiosa. Pienso en los Dos Minutos de Odio de 1984 y en la necesidad de sobreactuar el espanto, no por piedad con las víctimas, sino por poder mirarnos al espejo sin un atisbo de inquietud. La duda sobre la propia monstruosidad queda eclipsada por la presencia del monstruo real, o para decirlo mejor, de lo que nos sirve como monstruo esta semana.

Otra cosa en que podría pensarse es el efecto de estos juicios públicos, no sobre los condenados sino sobre la autopercepción de la sociedad. Si bien el mecanismo de salvataje de la propia imagen es efectivo en cada evento puntual, la superposición de estos procesos de indignación/debate/condena no puede ser inocua: algo va quedando, una acumulación de capas de leve horror, o más gráficamente de excremento, que terminan por delinear un mundo en el que vivir es una desazón o un peligro permanente. Aunque logremos ubicar al monstruo afuera, cuando se trata de uno, dos, cinco, veinte, cincuenta por año, cuando el ataque viene de todas partes, cuando nuestra propia tarea de amplificación vuelve imposible cerrar los ojos, se torna complicado mantener alguna esperanza en la bondad y la pureza del mundo. Individualmente somos todos impolutos; colectivamente, todos la misma mierda. O algo así.

Una última punta para retomar este tema en otro momento. En mi cabeza, en la tuya, donde sea. El peligro real está también en quedar en el lugar del reo. No es suficiente con salvarse ante la propia conciencia: siempre está la posibilidad de que el lugar de Woody Allen le toque a uno. (Que levante la mano el hombre que se sienta a salvo de toda posibilidad de ser falsamente denunciado por violación.) Una sociedad que descansa sobre la figura del chivo expiatorio es una sociedad donde todos están en riesgo. En una inversión de lo que ocurre a nivel concreto e individual, en el proceso colectivo parece que, cuanto más alerta se está, más difícil es contener la tragedia.

Sebastián Lalaurette