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Crónicas marcianas
30/8/2003

 

Desde hace pocos días, somos testigos de algo que ni nuestros hijos, ni nuestros nietos ni bisnietos volverán a ver jamás. Marte, esa enigmática bola roja bautizada en honor a un antiguo dios de la guerra, está más cerca de nosotros de lo que lo ha estado en muchas vidas y de lo que lo estará durante los próximos 284 años.

¿Qué veremos, entonces, si hacemos la larga cola ante el telescopio para hacer uso y abuso de nuestro privilegio? ¿Canales? ¿Ciudades hasta ahora invisibles? ¿Humos equívocos que podrían ser signos de vida? Nada de eso. Sólo la misma imagen que nos hemos acostumbrado a ver en libros, revistas y programas de televisión: una bola de roca más o menos roja, con algunos cráteres visibles y casquetes de material inorgánico congelado. Pero la idea de ponerse en la fila, desafiando el frío invernal, es casi irresistible: nos convoca esa emoción de participar de algo maravilloso, que está más allá de nuestra realidad cotidiana.

El planeta rojo siempre ha excitado la imaginación de los hombres. Desde el siglo antepasado, los extraordinarios avances de la ciencia, ésa que en el ideal ilustrado era el motor del progreso, fueron desplazando a Dios del centro del pensamiento para poner en su lugar al hombre: la teoría evolutiva, el dominio de las fuerzas naturales, la indagación del espacio exterior, alteraron radicalmente nuestra percepción de nosotros mismos.

A la vez, empezamos a sentirnos solos. Entonces los marcianos empezaron a hacernos compañía y, en distintas encarnaciones, siguen con nosotros hasta hoy: son parte de una mística que se había perdido y que la literatura nos restituyó, de la mano de otras circunstancias y otros ideales. También hubo selenitas, mercurianos, venusinos, jovianos y seres de otras galaxias, pero la supremacía de los marcianos ha sido siempre indiscutible.

Hostiles o amistosos, sabios o amenazadores, los supuestos pobladores de nuestro vecino planeta han sabido ser verdes, triangulares, veloces, inmóviles como rocas, belicosos, mudos, alargados, rechonchos, inteligentes... La ciencia, por entonces, era un territorio mayormente inexplorado, y con un enorme campo fértil para su prima hermana, la ciencia ficción. Gracias a plumas movidas por el aliento de la fantasía, soñamos con ellos o sufrimos noches de aterrorizado desvelo.

La puesta radial de "La guerra de los mundos", de Herbert George Wells, realizada por Orson Welles en la primera mitad del siglo pasado, durante el apogeo de la ciencia ficción, demostró que ya estábamos listos para la maravilla. Miles de personas confundidas salieron de sus casas portando rifles y escopetas para rechazar la supuesta invasión interplanetaria. Podíamos creer, y creíamos, vaya si creíamos.

Hoy la realidad es diferente, pero algunas cosas no han cambiado. La ciencia ha demostrado bastante rotundamente que, si hay vida alguna en Marte, se trata apenas de microorganismos o animales de estructura elemental. Aparatos construidos por el hombre han llegado a la superficie marciana y transmitido imágenes de un mundo sin vida. Los famosos "canales" no son tales ni tienen nada de artificial, como ningún otro aspecto de la superficie del planeta. Por fin, la ciencia ha desplazado a la maravilla, aunque Ray Bradbury, pionero del género, sigue ilusionado con el día en que nosotros mismos nos convirtamos en marcianos, como ocurre en su libro más célebre.

La fascinación que nos produce la cercanía de Marte no hay que buscarla en esa imagen que reproduce el telescopio, exactamente igual a las que decoran carísimos libros que se regalan en los cumpleaños, sino en que esa fría bola roja tal vez esté en nuestro destino. La ciencia ficción primero, y la ciencia después, nos han regalado la posibilidad de ir allá: colonos del futuro podrían hollar el suelo que nosotros no pisaremos nunca. Eso que se ve a través del telescopio, sí: ése es el lugar. El del surgimiento de los marcianos humanos que quiere Bradbury, algo que, después de todo, nuestros nietos y bisnietos sí podrían llegar a ver.

Sebastián N. Lalaurette



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