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Chacho Álvarez, el ideólogo K
24/10/2003

 

Faltan ocho días para las elecciones presidenciales que definirán el futuro de la Argentina. Carlos Álvarez continúa volviendo, lentamente, de un largo silencio. Habla con la periodista de La Nación con naturalidad, con esa aura de sinceridad impagable para la imagen de un político. Y, sin embargo, en la Argentina no alcanza. Después posa para la foto, o no. Lo cierto es que al otro día el diario presenta la entrevista con una foto de archivo: el ex vicepresidente, duplicado por la superficie de algo que podría ser una puerta de vidrio o la ventanilla de un auto, mira al frente con expresión seria, como avistando el futuro. Una de sus caras está nítida, la otra, alargada y difusa. Pero el efecto está bien logrado: ambas miran fijamente al lector, le hacen una pregunta. A cinco columnas, el título de la nota: "El país pide acuerdos transversales".

Transversales. La palabra despierta ecos, resuena desde el pasado con otra voz. Está ahí, publicada: 20 de abril de 2003. La famosa transversalidad del presidente Néstor Kirchner reconoce este antecedente inmediato. Cientos de miles de argentinos la leyeron el 20 de abril y, probablemente, la olvidaron al día siguiente. Una semana después, Kirchner, apoyado por la verticalidad de Eduardo Duhalde, conseguía un más que digno segundo puesto en las elecciones presidenciales, frente a Carlos Menem, el líder de otra verticalidad que desde entonces habría de retroceder implacablemente. La rueda de la Historia.

Ahí está Chacho, hablando de transversalidad, una semana antes de un duelo de aparatos que dejaría un claro vencedor. Empujado por la necesidad de construir consenso (no es fácil gobernar habiendo salido segundo), el nuevo presidente hizo caso, vaya si lo hizo, de su consejo.

Frente a la consigna que agitaban los que descreían de la autonomía de Kirchner y de la misma existencia de un estilo K, a saber, "Kirchner al gobierno, Duhalde al poder" (asimilándolo al Cámpora de treinta años antes), Álvarez oponía un modelo abarcador que, no cuesta adivinarlo, tiene mucho que ver con lo que intentó ser la Alianza, al menos en los discursos.

"La gobernabilidad necesita un constructor de consensos", dice Chacho en la entrevista. "Pero estos acuerdos deben ser amplios y transversales si se pretende encarar reformas profundas."

La periodista, Laura Serra, le pregunta si habla de un frente de centroizquierda. Elude hábilmente la cuestión. Le pregunta si Menem podría generar esa transversalidad de la que habla. Dice que Menem no será presidente. Laura Serra le pide nombres. Da uno solo, pero en sentido negativo: dice que para Elisa Carrió todavía es muy pronto.

Aclara, por milésima vez, que no vuelve a la política partidaria, y que su aporte pasa por lo teórico. Cepes, su think tank, funciona en silencio desde hace un tiempo.

Eso es todo. Pero es revelador. Al menos al nivel del discurso, Kirchner tomó la posta lanzada por Álvarez. Sus cinco meses de gobierno estuvieron signados por el vaivén entre la construcción de consensos y la sobreactuación de la autoridad; a poco de andar llegó a una síntesis teórica, la transversalidad, que si en la práctica sirve para justificar la perpetuación de aparatos partidarios provinciales y algunos apoyos preocupantes, al menos en la teoría es exactamente la transversalidad que propone el ex vicepresidente.

Hay más elementos que hacen pensar en una estrecha coincidencia de visiones entre ambos hombres. Kirchner quiso incorporar a Chacho a su gobierno; Chacho declinó la oferta recordando que su renuncia a la vicepresidencia fue también una renuncia a los cargos políticos en general. Hubo quienes vieron en la oferta de Kirchner un gesto de oportunismo o un intento de anular a una figura aún fuerte en el imaginario social; la verdad es que no lo necesitaba. Los argentinos aún le reprochan a Álvarez, equivocadamente en la visión de este columnista, haber abandonado la lucha cuando abandonó el gobierno que él mismo contribuyó a instalar como concepto. La oferta presidencial fue una reivindicación, tal vez una retribución por dar sustento estratégico a una gestión que, vistos los antecedentes, no resulta tan sorpresiva como parecía.

Sebastián N. Lalaurette



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