Sangría francesa » Columnas » Kirchner

 

30/10/2010

Kirchner

No sé si es muy pronto o muy tarde para empezar a escribir esto. Muchos ya dijeron lo suyo, otros seguramente esperarán a que todo se asiente un poco más; en algún punto estará o habrá estado el "momento justo" para hacerlo, pero no sabría decir cuál es aunque mi vida dependiera de ello. Por suerte, la vida nunca depende de escenarios tan abstractos. Empiezo a escribir esto ahora, entonces. Empiezo a escribir esto con el ruido de fondo de la gente que se agolpa y se pelea para ver el coche fúnebre que lleva a Néstor Kirchner, fallecido anteayer, a su lugar de descanso final. Aparece el fantasma del traslado de los restos de Perón, de la violencia, de las armas, de "Madonna" Quiroz. Perón llevaba décadas muerto cuando pasó eso; Kirchner estaba vivo hace tres días. Diferencias o similitudes. Tantas se han expuesto en las últimas sesenta horas que parece un esfuerzo sin objeto hacerlo otra vez. Miro lo que transmiten los canales de televisión en sus páginas Web y me pregunto qué puede agregarse a este ruido de fondo.

¿Qué decir que no se haya dicho en estos días?

¿Qué decir que no se haya dicho de la muerte?

Lo segundo es claramente imposible. Lo primero es meramente improbable; a lo sumo podría hilvanar una serie de observaciones inconexas, en la esperanza de rellenar algún agujero. Pero no tengo, hoy, vocación de rellenar. Así que repetiré cosas ya escritas, andaré por líneas ya trazadas, y tal vez en ese trayecto salga algo más o menos nuevo o interesante, o tal vez no.

Dicen que murió el presidente. No lo sé. Cuando Kirchner era efectiva, formalmente, el presidente de los argentinos, decían que la que gobernaba en las sombras, con mano de hierro, era Cristina Fernández. Los papeles se invirtieron (en el discurso, claro) en cuanto se produjo la alternancia en el poder. En fin, que llevamos siete años del mismo gobierno y nunca estuvo claro quién le marcaba los pasos a quién. De todas maneras nunca importó. O no importó hasta ahora, hasta este momento en que uno de los dos baja a las entrañas de la tierra. ¿Murió el presidente? ¿Murió el "ministro político"? Sólo el transcurso de las semanas lo dirá, y si bien muchos han adelantado hipótesis, los propios hechos de anteayer, ayer, hoy, se han encargado de mostrar que la realidad social no se atiene al dictado de los analistas.

Foto de Emiliano G ArnŠez

Callo prudentemente, entonces, sobre el futuro de una Cristina sola al frente del gobierno. No sólo por lo que acabo de decir sino porque, evidentemente, soy el periodista menos capacitado de la República Argentina para hacer vaticinios políticos. Nunca fui kirchnerista, por cierto, y no voy a fingir serlo ahora que el ánimo social presenta al ex presidente como un gran hombre, pero no me enorgullezco de mis últimas opciones electorales. Voté dos veces a Elisa Carrió, que ha demostrado ser mucho, pero mucho, mucho peor de lo que yo imaginaba, y he tomado a la fuerza una lección de humildad: las observaciones del "común" que yo desdeñaba por básicas se demostraron mucho más certeras que las mías cuando la mujer que yo quería ver en la presidencia les envió una carta a los embajadores extranjeros advirtiéndoles que la Argentina estaba sumida en una crisis política y que no estaba garantizada la gobernabilidad. A esa mujer había votado yo: a la que desestabilizaba y provocaba y casi pedía una invasión. De manera que prefiero abstenerme de hablar del futuro. Por otra parte, no soy un periodista de política sino (de día) un bicho generalista, y todas esas intrigas palaciegas en las que, dicen, aunque yo me resista a creerlo, se cifra la futura evolución de los acontecimientos me son tan incomprensibles como el chino naranjín.

Tomo otros rumbos, entonces. Ni de cónclaves secretos ni de trascendidos ni de señales ni de mensajes en clave ni de operaciones ni de palos ni de facturas voy a hablar ahora. Voy a hablar de palabras. Soy (de noche) escritor y se supone que de esto sí sé algo, aunque quién te dice.

Con las palabras sucede lo mismo que con las personas: cuanto más buenas son, más se abusa de ellas. "Dolor" es una buena palabra: más abarcativa que "pena", más compacta que "sufrimiento", aguda y univocálica y con muchísimas rimas posibles, casi modesta en su desinencia de oficio (pintor, contador, actor, encuadernador). Como es tan buena, se la somete a los abusos más horribles. Y ella se deja, no se violenta, hasta parece que no sobra cuando cada integrante de la fila de muñecos la pronuncia sin fondo, como parte de la máscara de circunstancias. "Profundo dolor" han dicho y dicen todos, en una operación que avergüenza a la palabra "dolor" y directamente viola a la palabra "profundo". La profundidad de un papel emborronado a último momento, de un memorándum recién tipeado, tienen las condolencias vacías de esta gente. A mí nunca se me ocurriría decir que la muerte de alguien a quien no conozco me provoca dolor (y menos un profundo dolor), a menos que esa persona hubiera sido para mí, aun desconocida, realmente importante, como parece que Kirchner lo fue para tantos. Entendería esa frase, entonces, en boca de los anónimos que salieron a la calle a llorar su pérdida, pero resulta que la gente común, anónima, no habla así, no se comunica en memos, y entonces todo es más fácil: quien dice, por ejemplo, "Kirchner era todo", está diciendo la verdad (su verdad), y quien articula "profundo dolor" miente.

Otra palabra bella que ha estado en muchas bocas a partir de esto es "militar". Es una palabra ciertamente interesante: oculta un doble filo, una candorosa duplicidad. (Candorosa porque sus sentidos casi nunca son conscientes del otro: el verbo "militar" y el sustantivo/adjetivo "militar" están tan separados que los grupos que los pronuncian raramente registran la homonimia. Suelen incluso ubicarse en veredas opuestas: el militante de un lado, el militar del otro. En fin.) El otro día, muy poco antes de la "sorpresiva" muerte de Kirchner, charlaba vía Facebook con una veinteañera que hace poco se hizo involuntariamente famosa al quedar en medio de una disputa política. Ella se mostraba esperanzada y yo, como siempre, tomaba su actitud con cierto escepticismo (podría decirse, aunque exagerando un poco, que mi personalidad es constitutivamente contraria a la esperanza). Admití, en esa charla, que veía a mucha gente movilizada, mucha más que lo habitual hace una década, y ella habló de un "renacimiento de la militancia". Esto, que en el momento me pareció levemente hiperbólico, es lo que se ha repetido hasta el hartazgo durante la cobertura de la muerte del ex presidente, de las reacciones que suscitó, del funeral y luego el traslado del cuerpo. "Kirchner me hizo volver a la política", o "meterme en política", repetía la gente ante las cámaras de la televisión y los medios digitales. Se había disuelto un maleficio de vergüenza. Se terminó el "Que se vayan todos" y el péndulo volvió a campos más saludables. Muchos apolíticos, con el kirchnerismo, empezaron a militar.

Un renacimiento de la militancia. Vaya.

No sé si renacimiento, porque militantes hubo siempre (especialmente entre los jóvenes de la edad de esta chica), pero sí, tal vez, una recoloración del espíritu social: el rojo de la batalla donde en los noventa sólo aparecía el verde dólar. Si algo le reconocen propios y extraños a Kirchner es su capacidad para generar debate social, para polarizar opiniones en torno de todo lo que hacía (algo que compartía con Cristina). La militancia fue en los noventa el patrimonio de viejos y jóvenes comunistas solitarios o de punteros y piqueteros con la bolsa de comida o el plan social como alicientes. En el país del clientelismo se volvió difícil distinguir entre tácticas y estrategias, entre convicciones y conveniencias. Nos acostumbramos en demasía al micro rentado, al pancho y la coca, y no reaccionamos cuando el kirchnerismo se propagó por la clase media como una trinchera ideológica desde o hacia la cual lanzar las granadas. Reconocimos el movimiento del punterismo hacia Internet, pero no lo diferenciamos de toda esa gente que manifestaba sus ideas en favor y en contra ante cada paso del gobierno: bloggers K, dijimos apuntando el dedo, bloggers K todos, cuando sólo un puñado eran ciberempleados del gobierno y el resto gente como nosotros.

Eso es lo que estaba a flor de piel y que asomó ahora. A mí me sorprende que sorprenda tanto.

Otra palabra. Ésta es difícil, no hace falta ser psicólogo para decirlo: "padre". Menem y Cavallo se peleaban, allá lejos y hace tiempo, por la paternidad de "la criatura", que resultó ser una especie de embrujo colectivo. Muchos le atribuyen a Néstor Kirchner prácticamente la paternidad de su mujer (lo que resulta desagradablemente incestuoso aunque estemos hablando en términos políticos) pero la aplicación de ese vocablo ha sido extendida por la fuente más inesperada. "América del Sur se quedó huérfana", dijo Evo Morales, el presidente de Bolivia, hablando de la ausencia de Kirchner. Sonó tal vez a demasiado, por más titular de la UNASUR que fuera Néstor, pero se sabe que en estas ocasiones se perdona la grandilocuencia, que en la mayoría de los casos encontramos ridícula. Un año antes, con la muerte de Raúl Alfonsín, la televisión había encontrado una fórmula eficaz para despolitizar a ese genial armador y desarmador que siguió operando como pudo hasta su muerte: "el padre de la democracia" rezaba la medalla que rápidamente confeccionaron y reprodujeron en todos los canales. Se evitaba así insistir en el lamentable estado de descomposición del radicalismo, en la ausencia de hijos partidarios (bueno, hay uno, pero es su hijo biológico y no vale). "Padre de la democracia" suena bien, rescata lo esencial, permite pensar en la gloria y en lo grande y olvidar un poco el presente menudo. Ahora, "Padre de América del Sur"... No lo fue Néstor Kirchner, seguramente. Hay que apuntar, sin embargo, que una de las características de su gobierno y del de Cristina Fernández ha sido sostener contra viento y marea el eje latinoamericano, "bolivariano", estrechamente ligado a Chávez y también, aunque algo menos, a los gobiernos de Uruguay, Chile y Brasil. En este sentido seguramente Kirchner jugó un papel importante, aunque no haya sido el de la paternidad. Estas cosas, sin embargo, no nos llegan; las incidencias de la política internacional son abstrusas y frecuentemente sabemos de ellas sólo por pequeños fragmentos que suelen reducirse a calificaciones generales ("negocios con Chávez").

Hablando de Chávez, no es la economía lo único que se ha "latinoamericanizado" en estos años. También la prensa argentina ha caído en el abismo de la polarización (los medios partidos al medio, separados por la divisoria de aguas que el kirchnerismo abrió en toda la sociedad). Se diga lo que se diga de la Ley de Servicios Audiovisuales, lo cierto es que la discusión sobre los medios, sobre la construcción de realidad y de agenda, se instaló saludablemente en la Argentina, si bien al ritmo de una poco saludable venezuelización que ubicó de un lado al monopolio mediático más importante y del otro al diario y el programa de televisión del gobierno. En nuestro país la batalla entre el gobierno y algunos medios, y entre unos medios y otros, es hoy tan evidente que no escapa al más desprevenido de los oyentes y espectadores. Lo que implica en un sentido (degradación del producto periodístico, pérdida de ecuanimidad y de criterios desde los grupos afectados y desde las espadas mediáticas oficiales) tiene su contrapeso en lo que implica en otro sentido (pérdida de la inocencia por parte del público en general).

Kirchner murió el 27 de octubre, a tres años exactos de la victoria electoral que garantizó la continuidad del gobierno a manos de su esposa. Fue velado el 28, a un año exacto de la medida de la que ese gobierno más se enorgullece, la Asignación Universal por Hijo. Pero también murió a diez días de una fecha cara para el justicialismo. Y aparece una palabra incómoda: "lealtad".

No la traigo a colación gratuitamente, por una mera contigüidad de fechas. Era inevitable pensar en la lealtad viéndolo a Hugo Moyano en la televisión, en un acto que convocó el día de la muerte de Kirchner con el objeto de recolectar tempranamente aplausos para sí mismo. Era también el día del censo y se notaba su afán por ser contado primero. La lealtad peronista (porque así nombran al 17 de octubre, Día de la Lealtad Peronista) es y siempre ha sido problemática. Uno lo ve a Aníbal Fernández absolutamente compenetrado con la realidad programática y coyuntural del kirchnerismo y es como que se le olvida que su ajuste al duhaldismo también fue perfecto, perfecto hasta el último día: hasta el día de pasarse de bando. Uno lo ve a Daniel Scioli y no le cree nada (a Daniel Scioli uno nunca le cree nada porque habla como un robot, totalmente carente de emoción humana, aunque seguramente le habrán dolido los desplantes injustos de Néstor cuando era presidente y también después), pero sí le cree cuando dice que hoy su misión es estar junto a la Presidenta y procurar la continuidad del modelo instalado. Hoy. El año que viene se vota.

Moyano, Scioli, De Vido, son nombres que se han repetido mucho en relación con el futuro del peronismo y del gobierno. Algunos analistas han tirado otros nombres, no sé por qué (uno nunca sabe por qué se tiran nombres). De todas maneras ya dije que no estoy en condiciones de decir nada sobre el futuro, así que ustedes me disculparán. Sólo recuerden esa palabra: "lealtad". De paso recuerden también que el kirchnerismo prometió varias veces un movimiento que luego negaría dejando un tendal de frustrados: transversalidad, Concertación, son los nombres sucesivos de iniciativas siempre traicionadas. Dicen que el peronismo no acuerda, sino que absorbe o destruye. Puede ser. Kirchner, padre sin herederos, se ha dicho últimamente. Agrego: sin herederos, tal vez, sen razón de la propia naturaleza de su partido, en el que la sucesión es siempre problemática y encarnizada.

Ya hace rato que es 30 de octubre, o sea que llevo varias horas rumiando esta columna y hay que ajustar los tiempos: el ex presidente no murió anteayer, sino hace (casi) tres días, y así. Es 30 de octubre, vigesimoséptimo aniversario de la democracia en la Argentina. Y llegamos a esa última palabra, tan impronunciable: "Kirchner".

Yo la conocía de antes porque soy fanático de los Beatles y sé que Stu Sutcliffe, uno de los integrantes de la banda antes de que le llegara el éxito, tenía una novia alemana, hermosa y lánguida, llamada Astrid Kirchner, y he repetido muchas veces ese nombre mentalmente o en voz baja, no sólo por su sonoridad sino por evocar la imagen de esa chica, Astrid Kirchner, hermosa y lánguida, ya imposible porque aunque yo fuera estrella de rock y viajara a Alemania y la encontrara y ella quisiera verme y hablar conmigo y mirarme con esos ojos hipnóticos ("ojos fantasmales" los llama Philip Norman) yo estaría llegando cincuenta años tarde. También hubo otro Kirchner famoso, un pintor (rima con "dolor"), pero de él me enteré después de saber de Néstor y no sé nada de pintura. Lo mío son las palabras, ya les dije.

Como Stu Sutcliffe, Kirchner tuvo una muerte corriente, sin épica: el joven rockero sucumbió a lo que debe de haber sido un ACV o un tumor cerebral, no lo tengo claro; el ex mandatario a una "muerte súbita" que de súbito sólo tuvo el desenlace porque ya todos sabían, él incluido, que estaba mal. Ramón Indart, periodista de Perfil, había publicado un artículo en el que advertía de lo que podía pasarle al ex presidente si no se cuidaba, y todos sabemos que no se cuidó, lo que fue presentado repetidamente, en estas horas, como la señal de un hombre nacido para la política, de una pasión que no se detenía ante los riesgos para la salud. Es probable que esa interpretación sea correcta. Lo dicho, sin embargo: muertes sin épica. Ni Sutcliffe murió de sobredosis en medio de una gira, acariciado por chicas locales amontonadas para la ocasión, ni Kirchner sucumbió al asesinato o al derrumbe en medio de un discurso belicoso. Le dio un ataque por la mañana, al despertarse en su casa junto a su mujer. Lo de siempre.

La épica, sin embargo, no la pone uno, sino los otros. Y los otros eran los miles de personas que salieron a la calle a llorar y putear y apoyar a la Presidenta viuda. Toda épica implica un autoengaño, un ajuste de la realidad de los hechos y de las personas a los contornos del ideal que casi siempre se hace con cierta violencia. Intelectual, digo. Se trata de encajar cosas que no encajan, que hay que hacer entrar a martillazos (así se filosofa también a veces). Bueno, en este caso quién sabe cuánto podría haber habido de épico en el gobierno kirchnerista si no hubiera habido un público receptivo como éste que salió a traducir esa muerte menor, cotidiana, estadística, en la despedida de un prócer que había dejado incluso un testamento grabado, un poema de otro que leyó con esa voz campechana que le conocíamos.

No queda mucho por decir, o mejor dicho: no me queda, a mí, ahora, mucho por decir. Nunca fui kirchnerista pero tampoco fui antikirchnerista, así que puedo confesar libremente mi fascinación por ese hombre que desapareció y por esa figura que queda. Que en paz descanse, y nosotros hagamos lo que tengamos que hacer.

Sebastián N. Lalaurette